ENTRADAS: March, 2005

Alberto maniobra con sutileza genovesa

Se le creía “tímido”, “falto de carácter”, “indiferente”, homosexual… En verdad, el príncipe Alberto ha maniobrado con la sutileza de un príncipe florentino o genovés, en la gran tradición de los Grimaldi llegados a Mónaco en el siglo XIII.

Sobre el fantasma real o presumido de su homosexualidad, él resumía el problema de este modo, en su día: “Al principio me hacían reír esos rumores. Luego, mucho menos. Me gustan las mujeres”. ¿A quién le importa hoy la homo o heterosexualidad de un futuro monarca?

En el terreno político, Alberto se ha servido del Consejo de la Corona —-una institución de notables nombrados a dedo por su padre—- para afirmar su nueva condición de Regente, a la espera de suceder al príncipe Rainiero, cuando llegue el momento.

Apoyándose en el Consejo, Alberto deja a Francia —-potencia tutelar—- fuera de juego en el proceso sucesorio. Y reinstala a sus hermanas en la posición familiar secundaria que es la suya, para asumir personalmente un poder casi absoluto, “con fuerza, pasión y convicción”. Lenguaje que deja pocas dudas sobre su determinación política personal.

PS. Se ofrecen clases particulares sobre las instituciones del principado de Mónaco, dirigidas en especial a la caníbal e ignorante prensa people. Precios a convenir.

Rainiero. La gula, horizonte último del erotismo

Quienes llegaron a tratarlo, afirman que la princesa Grace no consiguió evitar que el príncipe Rainiero se diese a la gula, cuando, desvanecidos los encantos de la pasión, inútiles los elixires artificiales, los placeres de la mesa comenzaron a sustituir los placeres del lecho.

Y —-me asegura un nutricionista—- tal abandono a las efímeras promesas de la gula precipitaron sus tempranas molestias, tratadas con quimioterapia dura, la misma que consigue sostenerlo en vida, muy precaria.

De alguna manera, el desencanto atroz de la vida nocturna de Montecarlo también conduce inexorablemente a las mesas donde se sirven al precio fuerte promesas de eterna juventud. En la carta de los grandes retaurantes del Hotel de París, el Hermitage, el Balmoral, etc., el caviar se propone a la clientela más selecta atraída por encantos que algo tienen de carnal: Chic, bourré de vitamines et d’acides gras essentiels, gages de jeunesse éternelle.

Quizá no sea necesario traducir las promesas apenas veladas de locas noches lujuriosas, estimuladas con “vitaminas” y “garantías” de juventud “eterna”. Con una originalidad más que dudosa, para mi gusto, Didier Aniés sirve el caviar nadando en la piscina de una lasagna verde. Jacques Chibois lo utiliza para “decorar” lo que él llama “une quenelle de glace au fromage blanc”. Algo más sensato, ante el frenesí manicomial de sus colegas, Jean-Jacques Jouteaux se sirve del caviar para realizar “un mariage avec la pomme de tierre tiède”.

Convencido de mi insensibilidad casi absoluta, ante tales invenciones, vuelvo a refugiarme en la cantina del Café de París, donde una modesta ensalada me llega acompañada de vinagre de Módena y tentadores aceites que los astutos productores italianos aliñan con una publicidad de genio: el aceite que se me sirve proviene de unas aceitunas imperiales, recogidas en un olivar centenario donde vivió largas temporadas veraniegas el emperador Francisco Fernando de Austria.

Cuando regreso a pie al hotel, los enfermeros de una ambulancia del servicio de urgencias trasladan con mucho cuidado a una paciente. Siguiendo el destino último de la camilla, desde el hall, fraulein X*, la novia de frau Goldsmith, vela su rostro con unas gafas oscuras. El chef del Louis XV no conocía la receta de los gazpachos manchegos que me permití descubrirles días pasados. Y les propuso un menú a base de caviar, que no conducirá a mi amiga a los Campos Elíseos de la juventud eterna, si no a una clínica en los altos de Niza, antesala lujosísima —-nos tememos—- del cementerio de Menton, en la falda de unos sembrados de limoneros que, en otro tiempo, fueron la primera fuente de ingresos y la gloria de la Costa Azul.

Rainiero y la Resistencia de los pequeños Estados

Tras varios siglos de sorda rapacidad franco-italiana, en 1944, el general De Gaulle confesaba a un militar de segundo grado que no hubiera desdeñado la anexión de Mónaco, caído de hinojos en las cenizas de la Segunda guerra mundial.

Cuando Rainiero asumió la jefatura de su diminuto Estado, entre 1949 y 1950, un periodista neoyorquino describía Mónaco de este modo: Estado en la agonía, comunidad agonizante de generales jubilados, jugadores sin envergadura y gatos errantes.

Muy pocos años más tarde, Aristóteles Onassis controlaba la Société des Bains de Mer, que había sido, desde 1863, la primera fuente de ingresos del Estado, sin infraestructuras, sin ingresos con futuro, maniatado a una leyenda caduca.

Rainiero restauró la credibilidad e independencia del diminuto reino ligado al destino de su familia, desde el siglo XIII. Mónaco ingresó en la ONU en 1993, y ese reconocimiento internacional había sido precedido por el ingreso en la Unesco, la Oms, la Uit y la Omi. El otoño pasado ingresó en el Consejo de Europa. Mónaco tiene embajadas de Estado en Francia, España, Alemania, Bélgica, Italia, Holanda, Suiza y el Vaticano. Durante el último medio siglo, Mónaco ha preservado lo esencial de su leyenda, se ha consolidado como un paraíso fiscal (criticado severamente por la OCDE), se ha convertido en un punto de referencia en la nueva geografía del lujo, los servicios y la “ingeniería” (¿?) financiera.

Los devaneos personales de las princesas Carolina y Estefanía han ocultado parcialmente esa fabulosa aventura protagonizada por su padre. El canibalismo canalla de la prensa rosa salpica con su basura infecta una historia que tiene algo de épico: la historia de un diminuto Estado que aspira a liderar las maniobras disuasivas de otros minúsculos Estados (Andorra, San Marino, Liechtenstein, Islandia, Luxemburgo, Malta y San Marino) en busca de respuestas propias contra la rapacidad de sus poderosos vecinos. Algunos optimistas frenéticos, como ciertos nacionalistas de Montenegro, piensan que “el siglo XXI será el de los pequeños Estados”. No me atrevería yo a ir tan lejos. Pero si me merece mucho respeto la obra de un hombre cuya agonía alimenta el canibalismo audiovisual más frenético y desalmado.

Juegos y Lujuria tras el lecho de Rainiero

La piedad filial ante el patriarca postrado entre la vida y la muerte, la pavorosa inquietud ante la ascensión imperial del “no” francés a Europa y las medidas del presidente Chirac contra la poligamia dan a la vida nocturna de Montecarlo la alegría de una sala de juegos informáticos, decorada con mucho talento en un parque temático consagrado a glorias difuntas.

Confiado en el consejo de un boy de mi hotel, me disfrazo de “hombre de mundo”, convencido que la oscurísima sala de Zebra’s me permitirá cenar con mucha discreción, a la espera del frenesí y las locas noches de la juventud dorada de la Costa. A 25 euros la copa de champagne rosado, mantengo el tipo distrayéndome con unos spaguettis al basilisco. Pero, ya pasada la media noche, en la pista de baile solo se contonean como pueden un par de jubilatas acompañados de jovencísimas rubias platino que no son ni sus nietas ni sus enfermeras, aunque pudieran serlo.

En la sala de máquinas tragaperras del Café de París —-el recinto proletario situado frente al hotel del mismo nombre, que dio noches de leyenda a Montecarlo, cuando había príncipes rusos—- una moza madurita (“¿señora o señorita?”… “cielo, que cosas dices”—- me dice que ella conoce un juego en el que siempre se gana. Al precio que están los servicios en el principado, pongo cara de jugador de poker, como si tuviese cita con una de las atléticas coristas del espectáculo Spirit of the Dance del Gran Casino, hacia donde me dirijo confiado en que diez euros sean suficientes para conseguir una corbata. Esperanza fallida. A esas horas de la madrugada, hay que desembolsar 50 euros por un peine o una corbata. En la ruleta, la astuta racanería de las parejas de recién casados es poco lujuriosa; y, para los hombres de mundo como yo, es muy difícil competir con una banda de ancianos y señoras maduras cubiertas de bisutería. Cuando me miro de reojo en los espejos, mi porte me parece juvenil, libertino, a la luz de los claroscuros de la mascarilla de la única mujer que pulula sola por los parajes, mademoiselle D*, que debió ser una mujer muy bella, y sonríe con prudencia, para mantener el tipo y el difícil equilibrio de los colores, albo, rosa, púrpura, azabache, de una mascarilla que miedo me da pensar que surcos cubre, iluminada con el polvo áureo de este Casino que conoció otros días de esplendor y de gloria.

Rainiero, Don Quijote y los Gazpachos Manchegos

En Montecarlo, amanece un día gris, con nubes bajas que velan un sol tímido, oculto tras el albo esplendor del horizonte marino.

Descartada la piscina de agua templada, el aire libre, mis vecinas, frau Goldmisth y su novia, se obstinan en comentar en un francés que roza lo incomprensible los horrores de la prensa audiovisual de Estado, en Francia, cuyas brumas sobre la agonía del príncipe Rainiero han provocado en Mónaco una reacción de amarga de profunda tristeza: Se trata de algo innoble, vergonzoso, canalla.

El príncipe Alberto ha dirigido una carta de protesta a France Televisión, denunciando con mucho pudor el canibalismo audiovisual, servido con los platos combinados del día, ofreciendo un menú miserable a base de “chistes” y “caricaturas” de tres hijos a la cabecera de un padre moribundo.

Espoleada por su novia, que ya conoce el color de las sábanas de las mejores suites de los hoteles más caros, frau Goldsmith me pregunta si puede creer en los encantos que hoy evoca Le Figaro para glosar la geografía y gastronomía de Castilla y Albacete, siguiendo la ruta de don Quijote. Mi vecina —-de una glotonería infantil que no consigue saciar su novia, algo más joven—- me pide que le “traduzca” y explique en qué consisten planos como “pisto manchego” y “migas”, que los colegas del Figaro describen como “delicias quijotescas”. Le explico a frau Goldsmisth que mis rudimentos de francés, inglés y alemán son harto insuficientes para acceder a sus deseos, que no puedo satisfacer, yo tampoco. Para complicar las tareas íntimas de la novia de mi vecina, le digo que, en verdad, a los manjares descritos con entusiasmo por Le Figaro sería imprescindible añadir otros, mucho más “recios” y “viriles”. Ante mi elocuencia, que ella interpreta muy a su manera, frau Goldsmisth le dice a su novia —-en un alemán que consigo entender, mal que bien—- que, tras el desayuno, irán a preguntar al chef del Louis XV, el restaurante del Hotel de Paris, su cantina preferida, si sería posible prepararles un menú a base de gazpachos manchegos.

Mientras Rainiero agoniza, Circe vela por nosotros

Tras la jornada de ayer, nubosa, fría, lluviosa, por momentos, hoy amaneció en Montecarlo un día soleado, primaveral.

Nice-Matin abre toda su primera página con un titular muy voluntarista: Monaco en comunión avec le prince Rainier. Y apoya su tesis oficial con los piadosos testimonios de Camilla Bourbon des Deux Siciles y el príncipe Pierre de Yugoslavia, acompañado de su esposa Eléonora.

Sin embargo, el viajero ecléctico descubre muy pronto otras realidades. El viejo Mónaco se oculta con hermetismo a la curiosidad carnicera de los millares de turistas que vagabundean como minúsculos rebaños desnortados. Desde el anochecer hasta el alba, discretísimas prostitutas acechan a la clientela del Gran casino y los hoteles de lujo. Las colecciones de coches deportivos de marcas italianas se exponen a la mirada extasiada de los pueblerinos italianos, venidos a pasar un fin de semana entre las hileras de slot machines de los casinos al alcance de los bolsillos más modestos, si no menos disipados. Jóvenes de muy distintos sexos se pasen insinuantes, musculosos, el torso entrevisto, la marcha atlética, flexible, como mariposas carnívoras maquilladas con bisutería de lujo.

El Café de Paris propone otras tentaciones, para quienes la gula es la última debilidad carnal:

—-Langoustines marinées aux épices, rôties dans leur jus et leur risotte à l’encre de seiche;

—-Médaillon de lotte poêlé aux girolles et sa fricasé de courgettes et tomates au pistou;

—-Selle d’agneau rôtie en croustillant d’herbes au jus d’estragon, fondant de pommes de terre aux artichauts violets et tomates confites.

(…)

A la espera de acontecimientos, oscilando entre muy diversas debilidades, decido dejarme caer por la terraza del hotel para tomar el sol; preguntándome si terminaré por zambullirme en la solitaria piscina de agua templada, obligado a proteger los ojos con unas gafas oscuras, ya que el sol cubre el azul marino del Mediterráneo con el manto áureo de la finísima patina plateada que atrae a los navegantes descarriados hasta los abismos encantadores de Circe.

Ocaso de Rainiero, leyenda de los Grimaldi

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Mónaco a principios del siglo XX

Domingo de Pascua lluvioso y frío, en París.
En Mónaco - Montecarlo, los partes meteorológicos anuncian “buen tiempo”. Estaré allí dentro de un par de horas. Hace veintidós o veintitrés años, cubrí el fin de la princesa Grace. Vuelvo para cubrir el fin de Rainiero.
Había puesto un @ a los organizadores de la expo de Helmut Newton, diciéndoles que no podría asistir a la inauguración de A Gun for Hire. Finalmente, podré asistir, con un pie en el estribo del avión.
—-
Los Grimaldi (familia güelfa) llegaron al Peñón de Mónaco en 1297, huyendo de Florencia. Y, desde entonces, han conseguido escapar a la rapacidad italiana y francesa, defendiendo su independencia y libertad con una astucia, tenacidad y talento admirables.
A finales del XIX, ellos se inventaron un “concepto”del arte de vivir que dio a su diminuto reino días de gloria y prosperidad. Rainiero preservó lo esencial de esa leyenda y supo adaptarla —-comercialmente—- a la nueva geografía mundial del lujo, el ocio, la ilusión.
En las 195 hectáreas de Mónaco - Montecarlo —-40 de ellas ganadas al mar—- no hay nada. Imposible una “agricultura nacional”. Impensable una “industria” digna de ese nombre. El “sector público” monegasco son el juego, los deportes, los servicios, la hostelería, etc. Los Grimaldi han conseguido sobrevivir a los grandes imperios europeos, austro-húngaro, ruso, inglés, español… Gracilaso, que fue un caballero fiel, al servicio de la corte madrileña, murió muy cerca de Montecarlo y Niza. ¿Cómo no recordarlo en estos días de duelo y resurrección de la primavera?

Turquía, Europa y la Guerra de las Banderas

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Viena, Kuntshale, marzo 2005
Mohamed II, 1480

Financial Times (26.03.05) cuenta que tres niños de 12, 14 y 15 años han sido detenidos y serán juzgados severamente, en Ankara, por haber intentado quemar una bandera turca, durante una manifestación de la minoría kurda, cuyos enfrentamientos con el poder central se cobraron unos 39.000 muertos, durante los años 80 y 90 del siglo pasado.

La bandera nacional ha proliferado en millares de balcones de Ankara, a la manera patriótica del 11-s norteamericano. Y Financial Times —-que consagra varios artículos a la compleja, estancada e imprevisible negociación turco - europea—- estima que Turquía vive una crisis de identidad cuya solución o agravación tendrá consecuencias graves mucho más allá de las fronteras turcas.

En Viena, el gran escándalo nacional austriaco es, precisamente, la instalación de un artista germano - turco, Feridoun Zaimoglu, que ha cubierto las paredes de la sacrosanta Kunsthalle de banderas turcas, justamente. Las tropas del imperio otomano ya estuvieron a las puertas de Viena en los siglos XVI y XVIII. Y la comparación es fácil e inevitable: “Los turcos inician su tercer asalto”. La derecha y la izquierda populista ponen el grito en el cielo: “Viena NO será Estambul”. Con la excepción de los Verdes, el 70 por ciento de los austriacos rechazan el (lejanísimo) ingreso turco en la UE.

Consciente de ese arco iris de tensiones turcas y europeas, Zaimoglu ha deseado recordar otras evidencias: el islam es la tercera religión de Austria; hay una gran cultura tradicional turca —-glosada en la gran expo londinense A Journey of a Thousand Years, 601 - 1600, en la Royal Academy—-; y, desde hace varias décadas, comienza a florecer la obra de artistas, escritores e intelectuales de doble o triple cultura, euro turca. Zaimoglu nació en Anatolia, pero creció en Alemania y “expone” en Viena, capital de un imperio difunto, que se siente ultrajado por la irrupción de las banderas turcas en el corazón museístico nacional.

Los Nazarenos y el Ku Klux Klan

Mi amigo Martín, a quien no veo desde que teníamos trece o catorce años, me enviaba ayer desde Totana un @, diciéndome que escuchaba los tambores de una procesión mientras me escribía.

Esta mañana, con ánimo respetuoso, teñido de curiosidad pintoresca, la Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) compara a los nazarenos de las procesiones españolas con los encapuchados norteamericanos del Ku-Klux-Klan; para afirmar, en la misma frase, que se trata de una comparación tan obtusa como falsa.

A pesar del respeto con el que, a continuación, la FAZ habla de “religiosidad”, “pasión”, “piedad”, etc, no tengo claro que ni unos ni otros aprecien el abismo cultural que los separa. Incluso la lengua crea nuevas barreras. El Kapuzenträger alemán (literalmente: encapuchado) habla de un señor que lleva un capuchón y oculta sin traducir exactamente (para mi gusto) el nazareno castellano, de resonancias evidentemente evangélicas

Verbatim.

Spaniens vermummte Reue
FAZ, 26.03.05

Der Vergleich mit dem rassistischen amerikanischen Ku-Klux-Klan ist so hartnäckig wie falsch. Spaniens Kapuzenträger sind reumütige Christen. Ihre großen Tage kommen in der Semana santa.

Kirguistán, Europa. Exportación o indiferencia ante el futuro de la Libertad

Los pueblos de Georgia, Ukrania, Chechenia, Kirguistán, se han liberado o aspiran a liberarse del yugo militar ruso.

El pueblo del Líbano se alza contra la ocupación de un ejército extranjero.

La industrialización inexorable del planeta —-evocada por Raymond Aron hace poco menos de medio siglo—- avanza a marchas forzadas. Y la difusión universal de la palabra y las imágenes siembra el sueño de la libertad en muchos otros pueblos africanos, asiáticos, caribeños.

Las autocracias, tiranías y regímenes dictatoriales, corrompidos, no podrán resistir indefinidamente a tales aspiraciones de libertad y prosperidad. Sabemos que el dinero de los ciudadanos más humildes de los países ricos sirve, desde hace décadas, para sufragar el enriquecimiento de las elites de numerosas tiranías.

¿Qué hacer? ¿Abrazar a Putin, Castro o Kadafi, proponiéndoles los buenos oficios de la OCDE para “combatir” la corrupción más desenfrenada? ¿Enviar cuerpos de ejército a derrocar tiranos?

Quizá no haya una respuesta única y universal. En el terreno de la economía, doctores tiene la disciplina, para discutir como se fomenta la riqueza; si con subvenciones, o a través de la apertura de los mercados de los países ricos. En el terreno de la diplomacia, el realismo y el oportunismo de los gobernantes invita a una prudencia absoluta, para no ser cómplices de su cinismo. En el terreno de la proyección internacional de la fuerza armada, no seré yo quien pretenda dar una opinión a favor o en contra de unas operaciones militares que escapan a mi comprensión y voluntad.

Por el contrario, en el terreno de las ideas, sí me parece oportuna la intervención pública. Siquiera para denunciar la marea negra con la que ideólogos, publicistas, gobernantes y medios de incomunicación de masas envenenan nuestra realidad con semillas podridas.

La cuestión trágica de la exportación armada de la democracia, las libertades públicas, la democracia o la tiranía es un debate histórico. Lenin la consideraba deseable. Mao y Kissinguer tenían serias dudas. Los discípulos del ayatola Jomeini lo consideraban como una suerte de Napoleón de la revolución islámica.

Image hosted by Photobucket.com LS, entre Atenas y Jerusalén

En las universidades norteamericanas de la Costa Este proliferó hace varias décadas un debate cultural de fondo, que las capitales europeas apenas han abordado en sus más hondas raíces éticas, morales, filosóficas. A vuela pluma, recuerdo tres libros esenciales como introducción al debate, abierto:

—–The Closing of the American Mind (1987) de Allan Bloom fue un hito de indispensable frecuentación, porque su autor fue uno de los universitarios más influyentes de su tiempo. Y contaba por lo menudo la descomposición de una cierta intelligentsia norteamericana, favoreciendo la emergencia imperial de nuevos modos de pensamiento, finalmente mayoritarios. Se trataba, en su día, de una suerte de rearme filosófico contra el inmoralismo multi culturalista.

—–Ravelstein (2000) de Saul Bellow, que es la autobiografía “de encargo, pero no autorizada” del mismo Allan Bloom. Libro “menor” pero indispensable para comprender los mecanismos intelectuales de un personaje que tanto contribuyó a denunciar y cambiar el rumbo —-parcialmente—- de una parte influyente de los medios universitarios norteamericanos.

—-Leo Strauss and the Politics of American Empire (2004) de Anne Norton, que es la crónica “laica” de la emergencia “imperial” de una generación de intelectuales muy influidos por Strauss, entre muchos otros, y que han ocupado u ocupan cargos de la más alta influencia en la Administración de los EE.UU. Mrs. Norton es muy crítica e irónica (malévola) con los discípulos (conservadores) de Leo Strasuss. Pero su historia podrán leerla con provecho “creyentes”, “agnósticos” o “ateos” del neo conservadurismo americano. Ya que —-más allá de las peripecias trágicas de la diplomacia armada, o la proyección internacional de la guerra—- el debate de fondo sobre la propagación de la libertad y la prosperidad no pueden dejarse indefinidamente en manos de ideólogos, publicistas, políticos, diplomáticos y militares, cuyas distintas capillas siempre tienen algo muy profundo en común: sembrar la conciencia cívica con semillas desalmadas.