Enciclopedia del español en el mundo

enero 1, 2007 | Escribe un comentario

Pudiera parecer que el correo Madrid – Teherán funciona con más rapidez que el Madrid – París.

Descubro a través de Rafael Robles, profesor de Español en Teherán, la publicación de la Enciclopedia del español en el mundo, en la que ambos colaboramos y él presenta con cierto entusiasmo: “Creo que es un libro que no debe faltar en la biblioteca del lector culto y de todo aquel que se dedique al noble oficio de escribir en la lengua de Cervantes”.

A la espera que me llegue mi ejemplar, recuerdo que mi visión hispano-francesa (¿o debiera decir franco-española?) tiene algo de melancólica elegía otoñal:

PARIS / ESPAÑA. IDA Y VUELTA

JPQ

Ahora que España está de moda..”, escribía Proust a principios del siglo XX, refiriéndose a una época ligeramente anterior. Cien años más tarde, la demanda de lengua española en las escuelas, liceos y universidades francesas comenzó a suplantar al alemán, sin que la prensa y las industrias de la cultura e incultura acompañasen con palmaria eficacia un proceso histórico cuyas raíces últimas quizá no siempre se perciban con la claridad imprescindible.

En verdad, desde 1808, cuando menos, España siempre estuvo “de moda” en París. Quizá desde mucho antes: el autor español más traducido al francés desde hace siglos es San Juan de la Cruz. Y esa relación muy honda -cuyos primeros vagidos fechaba don Ramón Menéndez Pidal hacia el año 1.000, con motivo de un legendario viaje París-Córdoba-París, a pié- dio frutos esenciales para ambas culturas que bien ilustran Goya, los románticos, Baudelaire, el 98, la Generación del 27, Picasso, etc. Nadie dijo nunca en Madrid lo dicho por Valery Larbaud en París sobre Ramón Gómez de la Serna: “Él encarna en lengua española lo que Joyce en la inglesa o Proust en la francesa”. Ningún escritor no francés ha escrito sobre París tanto y con tanto amor como Baroja, Azorín o Ramón, justamente. Desde Rubén, durante varias décadas, París ocupó una posición esencial como encrucijada trasatlántica, subrayada por Pablo Neruda, que nunca ha perdido definitivamente: Octavio Paz, Carpentier, Cortazar, Vargas Llosa, Jorge Edwards, Brice Echenique o Roberto Bolaño dialogan con las culturas españolas a través de París.

Mucho antes que Miquel Barceló se instalase en París y fuese el primer pintor vivo invitado a “exponer” en el Louvre, Eugenio d’Ors ocupó un puesto relevante en la vida social y cultural parisina. Alexis Léger, Saint-John Perse, secretario general del Quai d’Orsay, veía en Madariaga un interlocutor de talla continental. Marcel Bataillon homenajeaba a Baroja y Azorín con el respeto debido a los grandes clásicos, vivos. La magna tradición hispanista francesa ha servido y sirve al diálogo hispano francés con una devoción admirable. Se trata de un tupidísimo tejido universitario, crítico, literario, de insondables raíces históricas, dando frutos ininterrumpidamente, hasta hoy.

Es tradicional, sin embargo, desde Chateaubriand y la Recherche, cuando menos, que ciertos descubrimientos parisinos estén mancillados por la volatilidad estéril de la moda -rostro contemporáneo de la Muerte: Baudelaire dixit-, mariposeando a cada instante en torno a novedades con las que amueblar el tedio de una temporada, víctimas muy pronto de la frivolidad de los salones audiovisuales y su ruido ensordecedor. En definitiva, Galdós, Azorín, Baroja, Valle Inclán, Sender, Rosa Chacel, Francisco Ayala, Josep Pla, entre muchos otros grandes maestros, han sido muy poco traducidos y con modesta fortuna, bien a pesar de tener los lectores más devotos.

Esa relación entre la moda y la cultura -que no siempre es víctima de la primera; aunque si puede sufrir ataques de insondable alcance, puesto que modifican de manera perversa las normas y los cánones establecidos-, esa relación entre la cultura y el entretenimiento biodegradable, ha tenido consecuencias fatales durante el último medio siglo, cuando menos. Las obras mayores de Cela, Rodoreda, Ferlosio, Debiles, Benet, Perucho, etc., fueron traducidas muy pronto. Pero pronto fueron sepultadas por un aluvión de novedades que, sin cesar comenzando, como en el verso de Valery traducido por Guillén -cuya obra comienza en una playa francesa, como olvidarlo-, maquillaron los rostros más genuinos de la novela española de su tiempo con los chafarrinones de unas modas vendidas con la eficacia marcial del marketing político y mercantil. Está por escribir como esa tarea de zapa de los más influyentes comisarios ha dañado en no pocas ocasiones una percepción francesa que no engaña a los verdaderos maestros -consagrados a la causa española con una devoción no siempre bien percibida en Madrid-, pero si complica y perturba cuando no malversa los negocios estrictamente culturales, seduciendo con sus pócimas a los jóvenes que esperan encontrar en la lengua española algo más que un mero instrumento de comunicación.

En los últimos diez, veinte o treinta años, se ha vuelto a traducir todo Cervantes, todo Gracían, se ha reeditado sin cesar a San Juan y Ramón Gómez de la Serna, se han publicado novelas de Gonzalo Torrente Ballester, José Jiménez Lozano, Miguel Espinosa, Baltasar Porcel, Luis Landero, Antonio Muñoz Molina, Álvaro Pombo, Javier Marías, Juan Goytisolo, Andrés Trapiello, Ignacio Martinez de Pisón, Juan Manuel Prada, Javier Tomeo, Enrique Vila Matas, Lucía Etxebarría, Rosa Montero, José Carlos Llop, Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Francisco González Ledesma, entre otros muchos. Y todos fueron saludados con cierto entusiasmo, no siempre convenido. Sin embargo, por las mismas fechas, editores y publicistas franceses fueron poco o nada sensibles a la obra de autores como José Manuel Caballero Bonald, Juan Marsé, Ramiro Pinilla, Gustavo Martín Garzo, Luis Goytisolo, Terenci Moix, Francisco Umbral, Carmen Martín Gaite… ¿Cuál es la norma en materia de traducciones, cuando las piadosas intervenciones presupuestarias gubernamentales o autonómicas no promocionan este o aquel valor, real o aparente?

En materia de poesía, ensayo o teatro, las disimetrías son mucho más palmarias. Editores y publicistas franceses se interesan muy poco o a salto de mata por géneros que se consideran comercialmente minoritarios. Músicos, pintores, escultores o artistas plásticos son víctimas de unos desencuentros que parecen agravarse de manera abismal. Más allá de los grandes clásicos (Picasso, Gargallo, González, etc.), galeristas y museos tienen una visión muy roma del arte español. Y en el mercado parisino solo circulan, de manera más o menos profusa, obras de artistas como Chillida, Tapies, Arroyo, Barcelo, Plensa. No muchos más. Cuando pintores como Ramón Gaya, Luis Marsans, o Miguel Rodríguez Acosta han expuesto en París sufrieron del silencio sepulcral de la crítica. Antonio López, Guillermo Pérez Villalta o José Hernández solo han expuesto en unas condiciones impropias de sus respectivas personalidades. Maestros como Xavier Valls residieron en París sufriendo, en buena medida, de un doble ostracismo.

Fenómenos como la “movida” madrileña propiciaron una cierta imagen de España, renovando los tópicos históricos, alimentando nuevos espejismos, que las diversas industrias de los nuevos medios audiovisuales, cine, vídeo y fotografía incluidos, utilizaron como pudieron, con mucha fortuna, en casos como el de Pedro Almodóvar. Sin embargo, la recepción francesa adolece de los mismos desequilibrios inestables: defensa y promoción temporal de algunas figuras emergentes; y desconocimiento de personalidades históricas, como Catalá Roca, por ejemplo. Es leyenda la acogida, en su día, de grandes películas de Berlanga o Bardem, sin una continuidad que justificase el diálogo permanente, favoreciendo los saltos y “rupturas” de alcance imprevisible para el verdadero conocimiento mutuo.

Siendo lo que son los intereses, volatilidad y funcionamiento perverso de las industrias de la cultura e incultura, quizá sea de temer una agravación funesta de tales procesos: promoción interesada de estos o aquellos valores, que no siempre son forzosamente insignificantes; pero que con frecuencia responden a principios culturales más o menos aleatorios, circunstanciales y harto subjetivos.

Sin duda, la subjetividad y el gusto individual siempre fueron el acicate primordial en materia de difusión de obras literarias. Con algunos matices esenciales. El Cántico espiritual fue originalmente un libro marginal, rayano en lo proscrito, cuya difusión siguió tortuosos caminos solitarios. Don Juan y el Cid siguieron rutas no siempre más convencionales: su “penetración” en los salones, estancias y teatros parisinos fue cosa más artesanal que industrial. Sus innumerables triunfos son materia de incesante estudio. Pero la sociología de sus conquistas ha terminado por interesarnos menos que la evidencia jubilosa de su condición de arquetipos.

Si un clérigo sevillano o madrileño, un amanuense castellano, contasen hoy inmortales historias de héroes de su tiempo -que es el nuestro- tendrían que competir muy duramente en la plaza parisina con un vastísimo catálogo de figurillas de cartón, fabricadas, maquilladas y reproducidas en serie al gusto del momento. Y los afeites de la moda son tan eficaces y cautivadores que no siempre es fácil distinguir entre la verdad y la mentira, lo justo y lo injusto, lo genuino y lo artificial, en detrimento de las buenas gentes que buscan en la lengua española un arma con la que defenderse en los negocios de la vida de cada día, indisociable de una visión de la existencia que en algo pueda ayudarlos a mejor comprender el mundo que los rodea.

Borges quizá fue aclamado en París antes que en Madrid, como figura universal. Y las traducciones francesas de Álvaro Mutis lo proclamaron muy pronto un maestro, entre los grandes. Baroja, Azorín, Valle Inclán, Sender, Pla, Cela, Torrente Ballester, Perucho, Benet, etc., por el contrario, nunca tuvieron en las gacetas parisinas la acogida entusiasta con la que se aclamaba -y continúa aclamando, siguiendo el mismo modelo perverso y corruptor de las cosas de la lengua- a personajes de obra algo menos indiscutible. El fenómeno más llamativo, esperanzador e inquietante de los últimos diez, veinte o treinta años, en París, en materia de difusión de ideas y negocios librescos, quizá sea esa tan desigual relación, entre la avidez de cosas y libros relacionados con la lengua española y una oferta que camina hacia el abismo de la insignificancia: sabemos de la atracción que suscita nuestra lengua; pero están mucho menos claras las normas, reglas, cánones y mero interés, estrictamente culto, de las mercancías con las que no siempre tengo claro que se consiga saciar la sed y el hambre de saber de nuestros vecinos deseosos de iniciarse en los arcanos de nuestra cultura. “Ahora que España está de moda…”. No sabemos si se trata de una venturosa oportunidad o del espejismo saturnal de las parábolas goyescas, donde Baudelaire descubría el advenimiento de la modernidad. Un espejismo. O el eco lejano de un viejo pozo de agua virginal, amenazado.

JPQ


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