Gaya y el nacimiento de la luz

Manuel Fernández-Delgado y Cerdá me escribe para anunciarme la exposición Los cuadros de las estaciones, con la que el Museo Ramón Gaya, que él dirige, nos anuncia la primavera.

Artistas, escritores, críticos, como José Luna Borge, Soren Peñalver, José Carlos Cataño, José Ángel Cilleruelo, José Julio Cabanillas , José Mª Conget, Joaquín Puig de la Bellacasa, Enriques de Rivas, Ángel Campos, o Alex Susana, han escrito textos glosando cada uno de ellos una obra de Gaya.

Por las razones que sigue, yo escogí esta obra “menor”:

Chàteau de Cardesse.1939. Gouache/papel 32×24 cm.

CHÂTEAU DE CARDESSE, 1939. NACIMIENTO DE LA LUZ

Hacia 1939, el pintor de veintinueve años ha perdido a los seres más queridos, ha sido condenado al destierro, ha roto con todas las escuelas pictóricas más en boga, no tiene fortuna, patria ni hogar.

¿Qué hacer..?

Crear un mundo nuevo, muy alejado de la desesperación nihilista donde se precipitan escuelas y artistas de su tiempo: pintar la luz auroral con la que vestir todas las cosas, naciéndose con dolor en la tierra de nadie del destierro.

Esa es la luz que entra por las ventanas del Château de Cardesse (más una morada de paso que un “castillo”: château, domaine… quinta, casa solariega, posesión, hacienda, finca que abre sus puertas a un amigo sin tierra ni nada de su propiedad). Y viene de la huerta de La Fuensanta, del santuario de la Virgen de la Luz, de los pañuelos de las infantas velazqueñas y del Cántico espiritual. Es la misma luz sacra de los maestros acuarelistas chinos. El muro, el sofá, los cuadros, nos recuerdan el paso fugitivo de las cosas y los seres humanos, cuya ausencia da un melancólico esplendor al blanco purísimo de la luz.

Los dorados idos de los marcos, el raso y la madera noble del sofá, el suelo y el muro, están tocados por la solitaria urbanidad en cuarentena de una patina gris perla, gris ceniza: una paleta de grises que murmura una plegaria. Sus contornos iluminan el fulgor inmaculado de la luz, cuya manifestación posee el encanto de lo sagrado, lo divino. Es invisible; pero todo lo ilumina y lo toca con su esplendor, vistiendo con sus dones todas las cosas de la creación.

El nacimiento de la luz es un acto de fe: fe en la pintura. Y exige la disciplina más alta: despojar a la pintura de todo lo accesorio (los maquillajes de la moda, las máscaras del pasado, las pasiones del artista, las tentaciones visibles e invisibles), hasta encontrar el diamantino fulgor de un manantial de agua o pintura virginal.

Esa revelación es el fruto de mucho trabajo y dolorida soledad. Ha sido necesario huir de las tentaciones más prometedoras, cuando y donde la pintura comenzaba a subastarse por metros. Es imprescindible defender a cada instante gracias y dones tan frágiles, amenazados por las desalmadas furias del tiempo y la historia. Consumado con solitario dolor, en un albergue de paso, tal nacimiento, esa epifanía echa los cimientos de la tarea de toda una vida: salvar, volver a pintar, buena parte del Museo íntimo, la casa del ser del artista, la razón última de su paso por la vida. El gris perla de Cardesse anuncia la paleta de grises de un Niño de Vallecas por nacer, años más tarde. Pero esa es ya otra historia, que comienza en el destierro mexicano. En Château de Cardesse, 1939, Gaya celebra el misterio del nacimiento de la luz.

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En su día, incluiré este texto en futuras ediciones de Ramón Gaya y el destino de la pintura.


5 Comentarios en: “Gaya y el nacimiento de la luz”

  1. Plas, plas, plas… maese Juan Pedro.

    PS: acuérdate de incluir una referencia en “De la inexistencia de España” a la expedición de los Escipiones a Cartago Nova desde Tarraco, quizás el primer atisbo de las dos Españas.

  2. Maty,

    Teniendo en cuenta que yo nací a 30 o 40 kilómetros de la tal Cartagena..

    Enfin..

    Q.-

  3. […] Iluminación y profecía: ¿Dónde moja el pintor sus pinceles? En el agua de los canales venecianos, en la aridez áurea de la huerta murciana de La Fuensanta, contemplando el nacimiento de la luz, camino del destierro… […]

  4. […] En lo más hondo de ese destierro único y plural, caminando a través de una noche sin mañana conocido, Gaya ya nos había enseñado a trabajar sin descanso en el misterio del nacimiento de la luz. Que es la única tarea que pudiera ayudarnos construir una realidad nueva, honrada y limpia. […]

  5. […] ● Ramón Gaya y el destino de la pintura. ● Gaya y el nacimiento de la luz. ● Ramón Gaya en este Infierno. […]

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