Recuerdo de un gran maestro

agosto 2, 2007 | 3 Comentarios

Una rara fotografía de Luis Carlos López.

Felices vacaciones, 12

Qué cosa tan emocionante, descubrir un poeta, un escritor: algo muy semejante al descubrimiento de un mundo nuevo.

En este caso, apenas tenía vagas noticias, a través memorables pero olvidadas citas de Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez. Posturas difíciles (Renacimiento), una antología de Abelardo Linares, con erudito prólogo de Juan Bonilla, me ha descubierto a un personaje y poeta de cuerpo entero, Luis Carlos López [A mi ciudad nativa], el Tuerto López, más que un poeta, una leyenda.

¡Qué maestría en el Gran arte del desencanto! Detrás de su aparente sencillez, cuanta maestría y respeto por los lejanos maestros del romanticismo español arrinconados en España…

Por momentos, el Tuerto desemboca en encrucijadas que algo tienen de la greguería ramoniana: sentencias y metáforas líricas, visionarias, felices. Ese distanciamiento de los cisnes y princesas modernistas (tan encantadoras), ese genio verbal del poeta callejero, recitando poemas de viejos poetas olvidados, entre los que intercala sonetos propios, esa melancólica gracia tan próxima, por momentos, al destierro de las golondrinas de Ramón, es la que pudo seducir a los jóvenes escritores colombianos (Mutis, García Márquez). Rescatado de la tierra de nadie de los poetas que cada generación debe volver a leer, a su manera, el Tuerto suelta una risotada irónica y cordial.

En Vivir para contarla, Gabriel García Márquez habla del Tuerto en estos términos:

De aquella misma época fue mi único encuentro con el gran poeta Luis Carlos López, más conocido como el Tuerto, que había inventado una manera cómoda de morirse, y enterrado sin entierro, y sobre todo sin discursos. Vivía en el centro histórico en una casa histórica calle del Tablón, donde nació y murió sin perturbar a nadie. Se veía con muy pocos amigos de siempre, mientras su fama de ser un gran poeta seguía creciendo en vida como solo crecen las glorias póstumas.

Le llamaban el tuerto sin serlo, porque en realidad solo era estrábico, pero también de manera distinta, y muy difícil de distinguir. Su hermano, Domingo López Escauriaza, director de El Universal, tenía siempre la misma respuesta para quienes le preguntaban por él:

-Ahí está.

Parecía una evasiva, pero era la única verdad: ahí estaba. Más vivo que cualquier otro, pero también con la ventaja de estarlo sin que se supiera demasiado, dándose cuenta de todo y resuelto a enterrarse por sus propios pies. Se hablaba de él como de una reliquia histórica, y más aún entre quienes no lo había leído. Tanto, que desde que llegué a Cartagena no traté de verlo, por respeto a sus privilegios de hombre invisible. Entonces tenía sesenta y ocho años, y nadie había puesto en duda que era un poeta grande del idioma en todos los tiempos, aunque no éramos muchos los que sabíamos quien era ni por qué, ni era fácil creerlo por la rara cualidad de su obra.

Zabala, Rojas Herazo, Gustavo Ibarra, todos sabíamos poemas suyos de memoria, y siempre los citábamos sin pensarlo, de manera espontánea y certera, para iluminar nuestras charlas. No era huraño sino tímido. Todavía hoy no recuerdo haber visto un retrato suyo, si lo hubo, si no algunas caricaturas fáciles que se publicaban en su lugar. Creo que a fuerza de no verlo habíamos olvidado que seguía vivo, una noche en que yo estaba terminando mi nota del día y escuché la exclamación ahogada de Zabala:

-¡Carajo, el Tuerto!

Levanté la vista de la máquina, y vi el hombre más extraño que había de ver jamás. Mucho más bajo de lo que imaginábamos, con el cabello tan blanco que parecía azul y tan rebelde que parecía prestado. No era tuerto del ojo izquierdo, si no como su apodo lo indicaba mejor: torcido. Vestía como en casa, con pantalón de dril oscuro y una camisa a rayas, la mano derecha a la altura del hombro, y un prendedor de plata con un cigarrillo encendido que no fumaba y cuya ceniza se caía sin sacudirla cuando ya no podía sostenerse sola.

Pasó da largo hasta la oficina de su hermano y salió dos horas después, cuando solo quedábamos Zabala y yo en la redacción, esperando para saludarlo. Murió unos dos años más tarde, y la conmoción que causó entre sus fieles no fue como si hubiera muerto sino resucitado. Expuesto en el ataúd no parecía tan muerto como cuando estaba vivo.


Comentarios

3 Comentarios

  1. Carles, agosto 3, 2007 - 1:24 pm
    Usando Mozilla Firefox Mozilla Firefox 2.0.0.6 en Windows Windows XP

    ¡Gracias por rescatarnos de la mugre y de la superficialidad!
    Un abrazo grande

  2. JP Quiñonero, agosto 3, 2007 - 4:07 pm
    Usando Mozilla Firefox Mozilla Firefox 2.0.0.6 en Windows Windows XP

    Carles,

    Anda, anda…

    Q.-

    PS. Vaya el abrazo, desde las sitiadas almenas de este Infierno

  3. Libros « Trastero, enero 5, 2008 - 5:19 pm
    Usando WordPress WordPress MU

    […] […]

Comparte tu opinión