Ana María Matute, amiga fiel de Celia Jiruña Carón

noviembre 22, 2007 | 3 Comentarios

Hace un año escribía en este cuaderno que Ana María Matute era mi preferida como posible ganadora del premio Nacional de las letras españolas.

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Con uno o muchos años de retraso, según se mire, ella ha ganado hoy ese premio. Más vale tarde que nunca. Mi debilidad por su obra viene de lejos, decía. De ahí haberla convertido en personaje significativo en mi Biografía NO autorizada de CJC, La locura de Lázaro.

Matute, Gamoneda, Marsé, Goytisolo, mi CJC y los premios, entre Caína y los Abel.
AM Matute, la última amiga fiel de Celia Jiruña Carón.


Comentarios

3 Comentarios

  1. maty, noviembre 22, 2007 - 10:00 pm
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    Algún día el premiado serás .

    AVISO: con el tema nuevo no es posible comentar (de ahí la ausencia de comentarios, digo), pues no aparece la casilla contra el spam. En unos días se cambia, una vez que esté personalizado.

  2. JP Quiñonero, noviembre 22, 2007 - 10:45 pm
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    Maty,

    1.- ¡¡¡?¿¿???!!!!!!!! (me faltan emoticones para decir algo gordo)
    2.- Veo que no llevo camino de aprender. Nada de nada.
    3.- Supongo que el atónico lector NO entenderá nada: en verdad, NO hay nada que entender.

    Q.-

  3. maty, noviembre 23, 2007 - 12:27 am
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    Estas palabras suyas de una entrevista de 1998 son muy reveladoras:

    Aunque con personajes más brutos.
    Ay, hijo, ¿no conoces tú hoy a gente de apariencia muy fina pero que son bestias increíbles? Yo sí, yo sí, yo sí.

    He reproducido este fragmento de un gran libro suyo, que tardó 25 años en redactar.

    OLVIDADO REY GUDÚ: Primera Parte. Los Margraves. 4.
    Una y otra vez a lo largo de su vida, cuando el recuerdo le atormentaba, Sikrosio se decía: “¿Qué hice, qué pudo ocurrirme tras ver al dragón? Yo vi a los piratas, sus trenzas rubias y rojas al viento; saltaban por la borda, caían al agua…”. Y el recuerdo se ceñía entonces a un chocar rítmico de algo duro contra el agua, y luego su reconocimiento del golpe de los remos, que nunca viera hasta entonces. La vela listada, flamante, avanzando detrás de la enramada negra, surgiendo del mundo misterioso del río. Y después, después, ¿oyó en verdad el grito salvaje, gutural, el brillo de las rodelas al sol, cada una en sí misma un sol refulgente, obligándole a cerrar los ojos? ¿Y la monstruosa dulzura, y su caída a una región de niebla y oscuridad, sin apenas conciencia de sentirse vivo, ni muerto, ni herido…? Nunca sabría si había dormido o no, aunque, más tarde, su padre le gritara, casi enfurecido, que no se había dormido, que jamás los vio, que nunca pudo verlos. ¿Se había dormido? ¿Cómo podía haber dormido allí, bajo sus pisadas, y despertar sin un rasguño, como si en verdad se hubiese tratado de un insecto o un reptil, en vez de un joven armado?
    Sólo volvió al mundo real, al mundo que él conocía, cuando el resplandor del incendio y el humo llegaron a sus ojos. Sobre él se extendía la noche teñida de rojo: el Torreón de su padre ardía. Se incorporó y contempló el altozano.
    “Dormido, dormido. Es una historia rara.” Sikrosio levantaba la jarra de cerveza, temblaba convulsamente, y el recuerdo y el incendio regresaban, y el inexplicable sueño.
    Había llegado al incendiado Torreón en carrera desespada -su montura había huido- cuando, súbitamente, le vino a la memoria el nombre del hermano del Rey. Vio la degollada cabeza del Príncipe Heredero rodando por la escalera de madera, entre llamas. El pelo rubio y ralo se prendió, como mies seca y la convirtió en una bola de fuego que rodaba y rodaba largamente en el convulso temblor que seguía a su recuerdo. Su padre, el Conde de Olar, se golpeaba la cabeza con los dos puños, y su risa bronca, hueca, como brotada del fondo de un barril vacío, se fundía al humo y al fuego de la noche.
    En el recuerdo de Sikrosio, la mirada ceñuda y el desprecio de la voz de sus hermanos le sacuden como el viento a un joven abedul. “Tú no estuviste en el combate”, restalla su propia voz, un grito de lobo, herido, hacia su padre; y su padre le toma la cabeza entre las manos -unas manos enormes, callosas, que nunca olvidará-, le sacude violentamente -como en el confuso temblor del recuerdo- y ve sus ojos grises clavados fieramente en él y oye con estupor su voz -su padre, tan implacable con los cobardes- que le dice: “Tú no pudiste verlos, es imposible, tú saliste a cazar a la taiga, llevabas tres días fuera, cazando; cuando regresaste ya habían sido vencidos, ya habían huido los supervivientes río arriba. No es posible que tú los vieras, tú no los pudiste ver aquella mañana, porque el día anterior ya habían desaparecido…”.
    “¿Tres días? ¿Tres días de caza?”, por más que se golpeaba la cabeza contra el muro, no podía recordarlo. Sólo recordaba el dragón y los guerreros y las rodelas al sol y el chocar de los remos en el agua. Sólo eso. Y su padre decía: “Ellos no estaban ese día, tú no pudiste verlos, vuelve en ti, estúpido, vuelve en ti, estás embrujado”. Pero, desde entonces, sus hermanos le escupían su desprecio: “Tú no eestuviste en el combate, tú no tienes derecho a heredar un título ni una tierra que se ganó en un combate de donde faltabas”. Sabía, por tanto, lo que tras la muerte de su padre le esperaba. Desde ese momento, la guerra había empezado, sorda y ya irrefrenable, entre sus hermanos y él. “Tú no estuviste en el combate…”

    Nauscopio Scipiorum Ana María Matute, ganadora del Nacional de las Letras. Olvidado Rey Gudú (1996).

    Sólo UTI menciona el premio entre las bitácoras que aparecen en mis seguimientos, patético oiga!

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