Huellas de lo sagrado

Man Ray. La oración, 1930. Fotografía sobre tela, 32 x 23 cm. Galerie À l’Enseigne des Oudin, Paris.

Gran exposición en el Centro Pompidou, Traces su sacré (Rastros de lo sagrado), consagrada a rastrear las huellas de un proceso capital en la historia de la vida moral: la supervivencia insondable de lo sagrado, espiritual, religioso, carnal, trágico, histórico, visible e invisible en la historia del arte del siglo XX.

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Desde que Max Weber avanzase su legendaria tesis del “desencantamiento del mundo”, el “exilio de Dios” y el “destierro de lo religioso”, era un lugar común pensar que el gran arte se había alejado “definitivamente” de muy diversas formas de trascendencia. Y se pensaba que la historia ya tradicional de las vanguardias artísticas confirmaba ese alejamiento de la cultura y las artes de lo sagrado.

Sin embargo, Traces du sacré prolonga una ya muy larga serie de grandes exposiciones internacionales consagradas a rastrear y revelar la permanencia intacta de muchas manifestaciones de lo sagrado, en todas las artes, y, en particular, en la pintura y la escultura del siglo XX.

La propuesta de Jean de Loisy y Angela Lampe quizá no satisfaga a muchas sensibilidades. Muchos especialistas y una parte del gran público quizá consideren “chocantes” algunas manifestaciones de lo sagrado expresamente profanas y carnales. Y, al mismo tiempo, la exposición ha dejado fuera muchas otras manifestaciones tradicionalmente relacionadas con el gran arte religioso.

De entrada, Traces du sacré comienza por tener una dimensión pedagógica, esencial: lo sagrado está ahí, bien presente en la evolución más palmaria de todas las artes del siglo XX. Picasso retoma del gran arte sacro el tema esencial de la Crucifixión. Max Ernst imagina a María castigando al niño Jesús con los azotes debidos a un niño mal educado. Stravinsky retoma el tema griego de la consagración sacra de la Primavera.

Max Ernst. María castiga al niño Jesús ante tres testigos, 1926. Óleo/tela (196 x 130 cm). Museum Ludwig, Colonia.

CÁNTICO ESPIRITUAL, EN VÍDEO

Los especialistas quizá pudieran matizar ad infinitud las proposiciones de Jean de Loisy, que propone un recorrido temático y temporal bastante ecuménico: la huella de lo divino condenado al exilio y el destierro, a través de obras de Caspar David Friedrich, Carl Gustav Carus, Edgard Munch, entre muchos otros; la nostalgia de lo infinito, ilustrada a través de Olivier Redon, De Chirico, Malevitch, Brancusi; los grandes iniciados a misterios de muy distintas tradiciones ocultistas, a las que pertenecieron Duchamp, Mondrian, Steiner, Akseli Gallen Galleta; el “diálogo con lo invisible” que intentaron el mismo Duchamp, Kandkisky, Giacometti; las “revelaciones cósmicas” de Klint, Lesage, Mullican; las “elevaciones” de Brancusi, Picasso, Delaunay; el sueño de “un hombre nuevo” al que sucumbieron Klee, Chagall, Dix…

Sin olvidar, así mismo, muchas otras manifestaciones de lo sagrado, a través de la búsqueda de lo absoluto (Mondrian, Malevitch), la búsqueda del Edén (Arp, Klee), las “danzas sagradas” (Rodin, Nikinsky, Derain, Nolde), incluso las “espiritualidades paganas” de Picasso, Breton, Nolde, o Aby Warburg.

A título personal, no olvidaré que grandes maestros como Werner Tübcke o Ramón Gaya incluso volvieron a los temas religiosos tradicionales: pintura de murales en iglesias, diálogo con la imaginería clásica.

Nada más lejos que un imaginario y conservador “vuelta al orden”. Los más grandes maestros del arte más resueltamente contemporáneo también dialogan con lo sagrado. Bill Viola se sirve del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz para realizar algunos de sus vídeos más legendarios. Y Rothko llegó a imaginar un espacio museístico personal consagrado a la meditación.

Dirigida al gran público, con una expresa voluntad ecuménica, esta exposición no propone “soluciones” ni “respuestas” definitivas. Bien al contrario: multiplica las dudas, incertidumbres y vías de exploración.

PICASSO, BACON, CRUCIFIXIONES

Y el gran arte del siglo XX ofrece incontables vías de exploración: buena parte del legado más hondo de Marcel Duchamp está asociado a las tradiciones esotéricas; los surrealistas aspiraban a “dialogar con los espíritus” (¡a través de las mesas de camilla..!); el diálogo con las tradiciones orientales (budismos, etc.) es un capítulo mayor de todo el arte moderno en Europa y las Américas; el descubrimiento de la espiritualidad primitiva está muy presente en Picasso: ¡las Señoritas de Avignon han sido interpretadas como un exorcismo..!

Hay manifestaciones y diálogos más convencionales. Tübcke terminó pintando iglesias, en Leipzig; Pierre Soulages acaba de terminar las vidrieras de la abadía de Conques, como Gerhard Richter ha trabajado durante muchos años en las vidrieras de la catedral de Colonia. Juan XXIII fue inmortalizado por un escultor como Giacomo Manzú.

George Steiner, por su parte, nos recordaba hace años que, en verdad, no era evidente, para él, la posibilidad de un Gran arte sin trascendencia: la Comedia dantesca o los frescos de Arezzo son indisociables de la historia de la espiritualidad del hombre occidental. Traces su sacré solo aborda en escorzo tan graves problemas, indisociables de la vida moral. Pero si plantea nuevas incertidumbres sobre el carácter sagrado del erotismo (como querían Bataille y Balthus), la dimensión sacra de distintas espiritualidades (judías, musulmanas, budistas). El carácter “profano”, trágico, de grandes temas del arte religioso: Picasso y Bacon pintan crucifixiones, que vienen del arte religioso para adentrarse por la selva oscura de la historia más trágica del hombre del siglo XX.

Picasso, Crucifixión, Boisgeloup, 17 septiembre 1932. Tinta china, papel, 34 x 51 cm. Museo Picasso, París.

  • Arte en este Infierno.

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