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Neo colonialismo turístico

9 Jul 2006, by Quiñonero, Categories: Arte, Civilizaciones

Primeras exposiciones monográficas: Ciwara. Quimeras africanas. Nos hemos comido la selva. ¿Qué es un cuerpo..?

El fabulosa ventaja del Museo de las Artes Primeras, Museo del Quai Branly, es que permite reciclar las añejas colecciones de objetos y obras de arte acumuladas durante la colonización, maquillarlas con las doctrinas menos arcaicas de la universalidad de las culturas, y convencer a los turistas que en un par de horas tendrán tiempo para descubrir los secretos de unas 2.467 civilizaciones (aproximadamente) de cinco continentes, viejas de 5.000 años, pero “resumidas” pedagógicamente al gusto de la época, con unos 300.000 “objetos artísticos”.

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En EE.UU., Japón y Europa hay bastantes museos que han intentado contar mal que bien la historia de lo que, en otro tiempo, se llamaba civilizaciones “antiguas”, “prehistóricas”, “primitivas”, etc. Y muchos de ellos (como el British Musum) ofrecen un “resumen” francamente atractivo de buena parte de las civilizaciones más próximas a la nuestra, nacidas y difuntas entre el Eúfrates y la cuenca mediterránea.

Hace poco más de diez años, sin embargo, alguien le sugirió al presidente Jacques Chirac una idea “mucho más ambiciosa”: un museo de todas las artes y civilizaciones, anteriores a la fecha no del todo convencional del nacimiento de Jesucristo, en África, Asia, las Américas y Oceanía. Chirac hizo suya la idea. Y de inmediato se planteó la cuestión primera y elemental: ¿Cómo presentar los centenares si no millares de civilizaciones africanas, asiáticas, americanas y de Oceanía?

Los consejeros presidenciales tuvieron una idea simple pero “eficaz”: reunir todos los antiguos museos creados con la colonización, “reagruparlos”, y “complementarlos” con nuevas adquisiciones. Dicho y hecho. A finales de los años 90 del siglo pasado, el antiguo Museo del hombre y un discreto rosario de museos nacionales, creados a finales del XIX y principios del XX, fueron provisionalmente cerrados y sus fondos almacenados o expuestos temporalmente en el Louvre.

Pillaje de tumbas

No es un secreto que una gran mayoría de tal patrimonio comenzó siendo el fruto de la rapacidad militar de las tropas de ocupación coloniales. A finales del XIX, en París, las grandes exposiciones universales y los primitivos museos “etnográficos”, cuando no expresamente coloniales, exponían como “rarezas” los objetos más peregrinos, desde maravillosas tallas en marfil a negros empalados, presentados como cosa “curiosa”, digna de ver, testimonio de la “diferencia” entre las “razas inferiores” y las tropas coloniales.

Con el tiempo y la evolución de las doctrinas culturales a la moda, los negros empalados fueron piadosamente depuestos, ocultados y olvidados, sustituidos por máscaras u objetos de piedad religiosa “prehistórica”. Ese es el núcleo duro de los 300.000 objetos y obras de arte del nuevo y pomposo Museo de las Artes Primeras.

Tras los primeros inventarios, pronto se puso en evidencia que no sería fácil “resumir” unos 5.000 años de historia universal de las culturas y las civilizaciones. ¿Cuántas obras de arte son necesarias para dar una vaga idea de la civilización ibera, por otra parte ausente en el nuevo museo? ¿Cuántas obras de arte son necesarias para “resumir” o dar una vaga idea de las civilizaciones del continente africano, donde las lenguas se cuentan por decenas y las guerras étnicas han causado estragos pavorosos desde hace siglos? ¿Es posible dar alguna tímida unidad a las civilizaciones americanas, de Alaska a Tierra de fuego? ¿Qué hacer con las civilizaciones asiáticas, que el joven André Malraux ya expoliaba alegremente, hasta el extremo de haber sido detenido por la policía vietnamita robando antiguos templos budistas..?

¿Hay alguien que pueda dar respuesta convincente a tales problemas de fondo y de forma? Los consejeros del presidente Chirac diseñaron un proyecto teórico: y las abismales ausencias de las antiguas colecciones coloniales fueron “suplidas” con rápidas y no siempre baratas adquisiciones. Diez años después, el Museo del Quay Branly es una realidad entusiasmante. En apenas dos horas de visita, el turista interesado por el folklore mesoamericano, las estatuarias nigerianas, el budismo zen, las danzas rituales de los indios apaches o el culto a los muertos en algunos de los rincones de las insondables cuencas del océano Pacífico, puede salir convencido que algo ha aprendido, antes de salir corriendo, para descubrir en el centro de arte contemporáneo del Palacio de Tokio, o en el Centro Pompidou, algún catálogo de horrores “vanguardistas”, cuando solo los turistas y los museos españoles todavía creen que existen las tales “vanguardias”.

Pedagogía y máscaras mortuorias

Con admirable pericia pedagógica, los responsables del invento han creado cuatro grandes “espacios”, Oceanía, Asia, África y América. Subdivididos prudentemente en áreas no menos ambiciosas, Magreb, subcontinente indio, Mesoamérica, etc. El visitante puede visitarlo todo a paso de carga. Pero ¿cómo resumir el mestizaje de civilizaciones en lo que hoy se llama Argelia, donde se cruzan Grecia, Roma, el Islam, la colonización, etc., a través del berebere, el griego, el latín, el árabe clásico y las lenguas “contemporáneas”, en un mestizaje de difícil “resumen”? ¿Cómo resumir el mestizaje de culturas que se cruzan de trágica manera en la mexicana Plaza de las Tres Culturas, donde todavía están presentes los templos sacrificiales mayas, la iglesia cristiana y los símbolos del poder político/religioso contemporáneo?

El Museo del Quai Branly no entra en tan ingratos detalles. Se limita, forzosamente, a presentar, con mucho tacto, un número muy limitado de piezas u obras de las más distintas culturas y civilizaciones, dejando al turista solo ante el peligro de la ignorancia, amueblada con muchísimo tacto y sabiduría.

El Museo ha sido concebido como un proyecto de diálogo, conocimiento y respeto mutuo. De la colonización a la mundialización, sus colecciones ofrecen insólitas perspectivas, de las que solo están ausentes las obras “convencionales” indisociables de la formación, evolución y actualidad de nuestra civilización, ¿europea?, ¿occidental?, ¿trasatlántica..?

Desayuno con ceniza fría

¿Cómo no sentir respeto y admiración por las obras de una cantidad tan abrumadora de civilizaciones difuntas, en cuarentena, tarde, mal y apenas conocidas? Aunque ¿cómo no sentir una cierta vergüenza ante la ligereza culpable de nuestra contemplación turística de un patrimonio tan inmenso representando con tanta honestidad como responsabilidad limitada?

En términos absolutos, 300.000 obras pudieran ser un patrimonio sin duda excepcional. Pero esa cifra oculta una realidad diversa, variopinta, no siempre comparable. Unos peines de marfil quizá sea un testimonio etnográfico esencial, no siempre comprable con las obras maestras del Gran arte de una civilización. Las máscaras funerarias de las incontables culturas y civilizaciones africanas pueden ser sublimes, pero quizá sean difícilmente “homologables” como obras de arte definitivas. El Museo del Quai Branly ofrece al turista muchos recursos pedagógicos para intentar abrirse camino en una selva tan espesa de culturas y civilizaciones, a lo largo de 5.000 años de historia. Se abren horizontes inmensos, que hacen más insondables los vacíos y forzosas ausencias.

Aventura épica, la de ese Museo de las Artes Primeras, que habla de un pasado colonial y un ambiguo presente multicultural, cuyo relativismo moral y cultural deja al paseante un amargo sabor a ceniza fría.

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