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Francia y su memoria histórica

21 Jul 2006, by Quiñonero, Categories: Cultura, Francia

En Francia, de la Revolución (1789) y el Terror (1793) a Vichy (1940-45) o la guerra sucia contra los partidarios de Argelia francesa (1961-62), las guerras civiles entre los partidarios de distintas concepciones de la patria y su trágica historia han suscitado y suscitan numerosas batallas culturales de fondo. Pero ningún gobierno ha tenido la tentación de sancionar con una Ley esta o aquella visión de una tragedia común.

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En algunos casos capitales, como el escándalo de Alfred Dreyfus (1894-95), o las leyes antisemitas (1940) de Vichy, el debate estrictamente histórico, durante muchas décadas, culminó con tomas de posición personales del jefe del Estado, a título de reparación moral, sin que el presidente de la República tomase la decisión de proponer una Ley de revisión política de tales problemas.

Hace días, el presidente Chirac rindió un justo homenaje nacional a la memoria del capitán Dreyfus, víctima de una penosa persecución y degradación antisemita. Y ese homenaje ha tenido una altísima dimensión histórica, cultural.

El caso de la colaboración política del general Petain y su régimen político, instalado en Vichy, con el III Reich, quizá sea mucho más gráfico. Durante poco menos de medio siglo, se publicaron incontables obras sobre la trágica división de Francia entre partidarios y adversarios de la colaboración con los invasores nazis. François Mitterrand, presidente de la República, entre 1981 y 1995, jamás consideró oportuno sancionar la memoria de Petain o el régimen de Vichy. Hubo que esperar al primer mandato presidencial de Jacques Chirac (1995-2002), para que el Estado, al fin, reconociese el comportamiento culpable de quienes lo encarnaron durante la Ocupación. Nadie ha imaginado la reparación moral con una Ley parlamentaria que dictamine con un voto esta o aquella visión de la trágica historia común.

El caso de la guerra de liberación argelina (1954-1962) es igualmente paradigmático. Aquel conflicto dividió profundamente a Francia. Y una parte del ejército se sublevó contra el general De Gaulle, que no dudó en recurrir a la guerra sucia para eliminar a los militares entrados en la clandestinidad para intentar asesinar al jefe del Estado. François Mitterrand, futuro presidente de la República, fue ministro de justicia partidario de una Argelia francesa. Esa guerra y sus secuelas de muerte, destrucción y torturas, dejó heridas todavía evidentes. Nadie imagina una Ley que dicte una sentencia final.

Muy alejado de cualquier partidismo político, el debate de la memoria histórica nacional ha sido objeto de hondísimos cambios de rumbo. Durante casi dos siglos dominó la imagen de una Revolución (1789-93) ideal. A finales de los años setenta del siglo pasado, François Furet, entre otros, inició una revisión devastadora, denunciando la deriva revolucionaria del Terror como uno de las semillas del terrorismo contemporáneo. Otros historiadores, como Pierre Nora, por ejemplo, proponen una suerte de “catalogación” ecuménica de la memoria nacional, con el fin de evitar el abuso y apropiación política de un pasado común. Ese trabajo cultural está muy alejado de cualquier bandería política y aspira, por el contrario, a echar los cimientos de una “arquitectura” moral común.

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