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La peste maoista

22 Jul 2006, by Quiñonero, Categories: Cultura, Francia, Comunismo, Comunicación

La fascinación intelectual por la figura de Mao, Gran Timonel de la Revolución Cultural, quizá fue universal, pero en Francia tuvo una dimensión excepcional, ya que la enfermedad espiritual totalitaria aquejó durante veinte o treinta años a lo más selecto de la prensa escrita, la universidad, el pensamiento, la crítica literaria y las más influyentes instituciones de la cultura.

Quizá el símbolo canónico de tal descarrío continúe siendo la imagen de Jean-Paul Sartre vendiendo los primeros ejemplares del matutino Liberation, la primavera de 1973, a las puertas de las factorías Renault de Boulogne Billancourt, acompañado de Serge July, director del periódico durante treinta y tres años.

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Sartre todavía estaba por aquellos años en su declinante momento álgido. El más influyente de los filósofos franceses de los años cincuenta y sesenta aportaba su apoyo moral y material al lanzamiento de un diario concebido como instrumento de propaganda y guerra revolucionaria maoísta. Su director, desde entonces, hasta el pasado mes de junio, Serge July, acababa de publicar un ensayo célebre, convencido que Francia y Europa (en 1973) estaban “condenadas” a la “guerra civil revolucionaria”, inspirada en los escritos maoístas y la aventura épica de la Larga Marcha. Poco más tarde, Sartre todavía prestaba su imagen y apoyo moral a la Rote Armee Fraktion (RAF), partidaria de propagar la misma guerra revolucionaria a través de atentados terroristas indiscriminados, en los supermercados de las grandes ciudades de la antigua RFA.

En su delirio senil, el caso de Sartre quizá fue el más emblemático: un filósofo de fama universal, apoyando un libelo maoísta, concebido, redactado y vendido por grupúsculos expresamente maoístas, que tardaron pocos años en sufrir incontables metamorfosis. Sin embargo, Sartre, de edad provecta, quizá solo se dejó arrastrar por un “movimiento” y una enfermedad del espíritu que infectaba desde años atrás a todas las capas de la sociedad cultural francesa.

Durante las jornadas del legendario mes de mayo de 1968, los grupúsculos maoístas estaban en “vanguardia” de una guerra cultural nada eufemística, ya que infectaba a estudiantes, profesores, periodistas, escritores, ensayistas, universitarios, cineastas, filósofos, revistas, editoriales, etc. Jean-Luc Godard, en lo más alto de su fama, filmaba películas “colectivistas”, a caballo entre la agit-prop soviética y el doctrinarismo maoísta, tema de una película piadosamente olvidada. Louis Althusser, el más influyente, por entonces, de los filósofos marxistas, nunca fue expresamente maoísta: pero sentía una fascinación fraternal por la retórica del Gran Timonel. Roland Barthes, el más eminente de los críticos literarios de su tiempo, tuvo la habilidad de no confesarse expresamente maoísta: pero sus pupilos más famosos (Sollers, Kristeva, etc.) hicieron el viaje ritual a Pekín, y consagraban incontables páginas a estudiar las relaciones entre algunos “malditos” franceses (Artaud, Bataille, etc.) y la retórica revolucionario-totalitaria maoísta. Michel Foucault, el más “libertario” de los profesores de College de France tampoco, se confesó nunca expresamente maoísta: pero todos sus amigos y toda su “acción cívica” de la época coqueteaban con aquellas ideas ultra dominantes. Caso similar es el de Gilles Deleuze y Félix Guattari, entre tantísimos otros.

Sin duda, había en la Francia de los años sesenta y setenta del siglo pasado muchos escritores, pensadores, ensayistas, universitarios, etc., que contemplaban con pavor los estragos totalitarios maoístas. Pero debían soportar un relativo ostracismo, víctimas de una suerte de “terrorismo soft”. Le Monde, el gran vespertino de referencia, cubrió con simpatía cómplice buena parte de la Revolución cultural maoísta, con su atroz secuela de crímenes y atentados terroristas contra la cultura. Todavía hacia 1978, Michel Foucault pudo publicar en su primera página su famosísimo artículo apologético hacia el ayatolá Jomeini, que tenía en común con Mao el bonapartismo totalitario, y una abismal falta de escrúpulos morales.

¿Qué queda de aquella peste intelectual..? Un inmenso campo de ruinas, piadosamente ocultas en los cementerios de las ideas muertas. Los mejores estudiosos de Sartre han explicado como han podido la senilidad a geometría variable del maestro. Althusser terminó estrangulando a su mujer. Liberation ha terminando vendiéndose a la familia Rothschild. Le Monde jamás ha ofrecido una explicación plausible de sus descarríos. La peripecia maoísta y el sectarismo brechtiano han sido borrados de las biografías oficiales de Sollers y Rolland Barthes. Simon Leys, el primero en denunciar, en francés, los delirios totalitarios maoístas, tardaría en ganar la justa fama que merece. Los “nuevos filósofos”, André Glucksmann, Bernard Henri-Levy, entre otros, que comenzaron a romper con la Vulgata marxista, hacia 1977, abrieron nuevos rumbos que las herencias maoístas no siempre han aceptado plenamente; ya que, en París, como en Madrid o Barcelona, no pocos de los liliputienses discípulos del Gran Timonel continúan ejerciendo una influencia notable, disfrazados con las nuevas barbas de siempre viejas manías obscurantistas, maquilladas con los delirios ideológicos más en boga en las casas del pret-à-porter ideológico.

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