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La “balcanización” de los Balcanes y las llamaradas populistas, nacionalistas, extremistas y neo nazis que agitan a toda Europa del Este, desde la Pomerania hasta el Volga, recuerdan con brutalidad que se están fragmentando y erosionando los viejos pilares de la construcción política de Europa, la UE y la OTAN.
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Durante los años 80 y 90 del siglo pasado, el inmovilismo y las demagogias de izquierda y derecha (Mitterrand – Chirac – Schroeder) del difunto “eje” franco-alemán socavaron la antigua dinámica política europea. La UE se encuentra institucionalmente en un estado comatoso, tras el no francés del 29 de mayo 2005. La campaña electoral de Ángela Merkel, aquel mismo año, proponía algo semejante a una “ruptura”, finalmente truncada. La señora Merkel pudo formar una gran coalición que tiene algunas virtudes y no pocos defectos: se reforma poco. Y las primeras advertencias electorales, un año más tarde, son poco estimulantes: voto de exasperación popular a favor de extremistas y neo nazis.
Las difuntas esperanzas en la “nueva Europa” se han transformado en gérmenes de pesadilla. La brutalidad de la crisis húngara y el rosario de crisis a repetición, en Polonia, subrayan la misma enfermedad política: unos Estados frágiles, unos mercados electorales pasto para la demagogia populista, unas reformas que avanzan con lentitud, y una UE que no siempre responde a las esperanzas populares. Más al Este, la pesadilla se transforma en novela de terror. Ucrania aspira a ingresar en la OTAN. Pero no es fácil saber quien podrá asegurar la homologación europea del Estado ucraniano. En Moscú, los desfiles de partidarios del presidente Putin, esgrimiendo banderas neo nazis, no son síntomas esperanzadores. La dependencia energética de la UE hacia Rusia sigue siendo peligrosa, cuando se multiplican los indicios de autoritarismo, con llamaradas de violencias racistas.
Tal rosario de problemas de fondo también contribuye a paralizar la UE y la OTAN, que tampoco tienen recursos para afrontar tales crisis de identidad. Los países del Grupo Visegrado (República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia) aspiran a entrar en el espacio Schengen, pilar del espacio de seguridad común. Pero el G5 (Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y España) desconfían profundamente. Desde Washington, se espera que Polonia y España envíen más soldados a Afganistán, con poco éxito. En verdad, Europa no tiene recursos, ni unidad, ni voluntad de jugar un papel creíble ni siquiera en sus propias fronteras, donde se multiplican las crisis de violencia contenida. La demagogia diplomática ha perdido su ceniciento carisma, para dejar al descubierto un rostro de vieja bruja cínica y estéril, maquillada su pudor.