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Ségolène Royal, candidata socialista a la presidencia de la República, censura el “euro fuerte” y la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE), en los mismos términos que Dominique de Villepin, primer ministro conservador: rechazando la disciplina que decidieron imponer los padres fundadores de la moneda única europea, dinamitada históricamente por Francia y Alemania.
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En su día, el BCE fue concebido como una institución independiente, consagrada a velar por la estabilidad del euro, la moneda única de los países que comenzaron por imponerse la disciplina de un Pacto de estabilidad concebido para “poner firmes” a los países presumidamente “indisciplinados”, como España.
Finalmente, España consiguió sanear sus cuentas públicas y respetar cumplidamente el antiguo Pacto de estabilidad europeo. Francia y Alemania, por el contrario, violaron todos los acuerdos fundacionales, dinamitando alegremente la antigua disciplina común, víctima de las “alegrías” electorales de Chirac y Schroeder.
Lanzada a paso de carga la campaña de las presidenciales francesas, ni Dominique de Villepin ni Ségolène Royal consideran oportuno prometer ni respetar muchas disciplinas. Prefieren denunciar las políticas de estricto control monetario, impuestas por el BCE.
En el caso de Villepin, se trata de un reflejo nacionalista clásico: el político no desea respetar el rigor presupuestario que le exigen las autoridades monetarias europeas; y denuncia el rigorismo de un “euro fuerte” que considera amenazante para sus promesas electorales.
En el caso de Ségolène se trata del primer revelador importante de sus concepciones económicas. Todo el programa de la candidata socialista reposa en el “efecto confianza” que, a su modo de ver, tendrá para Francia su llegada personal a la presidencia de la República. La política monetaria europea es una amenaza inquietante. Si el BCE decidiese continuar subiendo los intereses de referencia, todas las promesas de la candidata socialista tendrían que afrontar nuevos obstáculos importantes.
FRANCIA, CANSADA
A mediados de noviembre, Dominique de Villepin denunció el comportamiento “irresponsable” del BCE, que, a su modo de ver, “penaliza la industria nacional ante la competencia norteamericana”. Ségolène va más lejos, y pone en duda la legitimidad del BCE: “La política económica debe estar controlada por los gobiernos elegidos democráticamente”.
Las reservas de Villepin son las clásicas de un conservador nacionalista. Si la candidata confirmase sus críticas, sus reservas quizá dejen al descubierto un rechazo de fondo contra la arquitectura institucional del euro, cuya piedra fundacional fue la creación del BCE, institución independiente de todo poder político, a la manera del Bundesbank.
Ante esas maniobras de mucho calado europeo, Nicolas Sarkozy, candidato conservador, guarda un silencio prudente. Buena parte de sus proyectos económicos también reposan en el “relanzamiento” de la economía, que se confirmaría más duro de aplicar si el BCE continuase subiendo sus intereses de referencia.
España y otros miembros de la zona euro consiguieron realizar reformas de fondo al mismo tiempo que se imponían la disciplina monetaria común del BCE. Alemania protesta. Francia, a la izquierda y la derecha, da señales de cansancio, inquietud e irritación ante una disciplina que lleva veinticinco años violando, en detrimento de sus cuentas públicas y su credibilidad internacional.