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Ségolène y Hollande: sexo, desavenencias y guerra ideológica sin cuartel

24 Jun 2007, by Quiñonero, Categories: Francia

La orquestación publicitaria de la separación de Ségolène Royal, candidata socialista a la presidencia, y su compañero y padre de sus hijos, François Hollande, primer secretario del PS, culmina dos largos años de rumores, desavenencias, traiciones conyugales, escándalos sofocados, aventuras carnales no siempre sentimentales, y feroces rivalidades íntimas de una pareja de hecho, que él definía así: “Una pareja, dos libertades”.

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Ségolène y Hollande se conocieron en la Escuela Nacional de Administración (ENA), a finales de los años 70 del siglo pasado. “Ségolène tuvo algunos novios de paso, pero la ambición política la unía ya entonces a François”, comenta una antigua condiscípula. Por aquellos años, Hollande era el joven brillante y ambicioso, con un arma estratégica, en el terreno de la seducción: el humor.

La pareja comenzó a hacer política a dúo, en 1980, entrando como “negros” (redactores de notas confidenciales) de Jacques Attalli, consejero personal de François Mitterrand, que los llevó consigo al Elíseo, tras la victoria de la unión de la izquierda. Ségolène y Hollande comenzaron por vivir juntos y tener hijos, antes de unirse, mucho más tarde, a través de la ley de parejas de hecho, que tiene una virtud política y fiscal evidente: permite construir un discreto patrimonio pagando menos impuestos. El patrimonio de la pareja Ségolène – Hollande se gestiona a través de una sociedad civil inmobiliaria, otro eficaz recurso fiscal.

SE TREPA EN PAREJA

Ambiciosos, Ségolène y Hollande fueron fieles a los sucesivos equipos directivos del PS, hasta instalarse ambos en la cúspide de la burocracia del partido. Ellos fueron la primera pareja de la izquierda francesa en hacer “política espectáculo”: la llegada de cada hijo (hubo cuatro) fue orquestada publicitariamente a través de Paris Match. Cada función política y gubernamental fue acompañada de sesiones fotográficas: “Una pareja que trepa unida”, comentaba François Thibaut.

Instalado él como primer secretario del PS, y convertida ella en presidenta de la región Poitou-Charantes (2004), las ambiciones comenzaron a precipitar los primeros choques. “Entonces se puso en marcha la carrera de dos trenes, a toda velocidad, condenados a enfrentarse”, afirma hoy un antiguo abogado de la familia. “¿Has leído los sondeos?”, preguntaba Ségolène a una amiga íntima, esposa hoy de un secretario de Estado de Nicolas Sarkozy, que agrega: “Ségolène descubría, maravillada, que ella podía a ser presidenta de la República, tenía todos los sondeos a su favor”.

Sin embargo, François Hollande también soñaba con ser candidato socialista a la presidencia de la República. Él era diputado por la lejana Corrèze, ella presidenta de Poitou-Charantes. La ambición política los alejaba del lecho conyugal. El uno y la otra vivían rodeados de consejeros en comunicación y periodistas, utilizados para transmitir la buena nueva política del día. Los rumores, noticias y cabildeos de Ségolène y Hollande comenzaron a ser discretamente divergentes.

PREDADOR CARNAL

La antigua “zapatera” recién elegida presidenta de Poitou-Charantes se transformó pronto en “zapa terror”, perseguida judicialmente por una asistenta parlamentaria. El primer secretario del PS se consideraba llamado a escalar los más altos puestos de la jerarquía del Estado. Ella se apoyaba políticamente en los jóvenes lobos socialistas. Uno de ellos, Arnaud de Montebourg, terminaría confesando: “El peor enemigo de Ségolène es su compañero”. Los rumores sobre los amantes y las amantes de la pareja corrían de manera vertiginosa.

¿Quién hacía circular tales rumores..? Desde finales del 2005, los asesores y asesoras en comunicación de la pareja destilaban pequeñas frases asesinas. El romance más legendario atribuido a Ségolène fue el de una aventura con un antiguo presidente y director general de una gran empresa automovilística nacional. Los romances atribuidos a Hollande eran menos novelescos y más fáciles de verificar.

Quienes han cubierto los trabajos de la Asamblea Nacional y alguna de las últimas campañas electorales recordarán a François Hollande rodeado de jóvenes periodistas, rubias, morenas, castañas, delgadas, gruesas, solteras, casadas, contando chistes y destilando interesadas confesiones políticas. Hoy se sabe que Ségolène comenzó a sospechar las infidelidades de Hollande a finales del 2005. Sospechas bien fundadas y “confirmadas” por ella misma: el joven papá brillante, fotografiado para Paris Match haciendo vida hogareña, también era el menos joven dirigente político, predador carnal, dispuesto a embarcarse en tórridas aventuras con alguna redactora del mismo semanario.

PS PRIVATIZADO

Con año y medio de retraso, Claude Bartolone, dirigente socialista, viejo amigo de la familia, lo reconoce con franqueza: “En el partido no se hablaba de otra cosa. Pero todos callábamos. Las desavenencias entre Ségolène y Hollande eran como el Triángulo de las Bermudas. Todo el mundo temía perderse en la oscuridad impenetrable de ese agujero negro”.

Dicho de otro modo: nadie desconocía, entre las distintas y enfrentadas familias socialistas, que la pareja Ségolène – Hollande había entrado en una zona de graves enfrentamientos conyugales. Pero nadie hablaba. Todos callaban. Ella podía llegar a ser presidenta. Él era primer secretario del PS. Mejor callar que correr el riesgo de enfrentarse a la pareja que había privatizado el PS, en beneficio propio.
Cuando la campaña de las presidenciales entró en su fase decisiva, a partir del mes de enero pasado, el PS estaba definitivamente privatizado e hipotecado su destino inmediato a las tribulaciones conyugales de la pareja, que ya dormían en camas separadas.

MI CANDIDATURA, O TUS HIJOS

Las autoras de La femme fatale, Raphaëlle Bacqué y Ariane Chemin, redactoras de Le Monde, cuentan por lo menudo el más atroz de los enfrentamientos. Hollande llegó a pensar en destruir la ambición presidencial de la madre de sus hijos, apoyando el retorno político de Lionel Jospin (ex primer ministro y candidato socialista el 2002, eliminado por Le Pen), para intentar cortar la carrera de Ségolène. Ella le habría respondido con brutalidad shakesperiana: “Si apoyas la vuelta de Jospin, no volverás a ver a tus hijos”.

Esa frase sería repetida por los hombres de mano de Ségolène, durante la campaña, para “aclarar posturas”. El socialismo francés se había entregado, en pleno, a las ambiciones personales de una pareja de trepadores enfrentados a primera sangre política, en el lecho. Y nadie del PS se atrevía a evocar, en voz alta, el cruce de hierros conyugales, a la espalda de la burocracia de un partido cuyo destino inmediato quedaba hipotecado al intercambio de acusaciones carnales.

¿Desde cuando no dormía Hollande en el domicilio conyugal? ¿Fue cierto el nacimiento de un niño fuera de la pareja de hecho?

En broma, durante sus encuentros con la prensa, Julian Dray, portavoz de Ségolène, ironizaba una y otra vez sobre la vida nocturna de Hollande. Raphaëlle Bacqué y Ariane Chemin han contado la historia de una misteriosa llamada de teléfono, recibida por Hollande, cuando cenaba con dos amigos, en Lipp, restaurante famoso, en la plaza de Saint-Germain-des-Pres. Hollande abandonó precipitadamente la cena. ¿Es cierto que corría hasta el hospital donde se encontraba una madre atribulada?

SEXO Y GUERRA IDEOLÓGICA

Derrotada, Ségolène terminaría confesando: “Le pedí a François que abandonara nuestro domicilio y viviera su aventura por su cuenta”. En verdad, hacía meses que el primer secretario del PS había abandonado su antiguo domicilio familiar, con la candidata socialista, cuyas tribulaciones terminarían haciendo exclamar a Manuel Valls: “¡Estamos hartos que la vida del socialismo francés esté hipotecada a la vida familiar de una pareja!”.

Sin embargo, la incomunicación y ruptura conyugal entre Ségolène y Hollande se había transformado en una guerra de trincheras, con muchos flecos carnales. El nombre de la amante del primer secretario terminó saltando a la palestra de la opinión pública. Pero Dallas y Desperate Housewives dejó paso a algo mucho más sórdido y shakesperiano: los descarrío carnales se habían transformado en descarríos políticos, y la ambición personal de dos predadores terminó destruyendo una pareja, separada, al mismo tiempo, en el lecho y el campo de batalla política, prestos a disputarse la dirección del mismo partido.

Las huellas del conflicto en el rostro cuarteado de Ségolène, cuando no está perfectamente maquillada, no parecen confirmar las aventuras que se le atribuyeron. Desde hace meses, Ségolène siempre se desplaza acompañada de una maquilladora, que le recompone el rostro, antes del salir de su coche oficial. El despecho y la soledad cuartean sus mascarillas con los áridos surcos de duras pasiones que el rictus malva de sus labios intenta colorear con la retórica de la guerra ideológica sin cuartel.

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