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El flautista y su veneno

17 Jun 2006, by Quiñonero, Categories: Archivo

[07/05/95 15:59:21] François Mitterrand se dirige hacia el ocaso definitivo de su vida pública equipado con el mismo y único bagaje con que entró en la oscura selva donde merodean los aventureros que sueñan con la conquista personal del poder político absoluto, la soledad más extrema y fatal.

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Sus únicas armas de trabajo fueron la palabra y la ausencia de escrúpulos. Palabra del trepador instalándose en la burocracia colaboracionista. Palabra del tribuno ocupando los pasillos del poder que consuma las primeras purgas anti-colaboracionistas. Palabra del demagogo ocupando los palacios ministeriales de todos los gobiernos de una República corrompida. Palabra del aventurero que recurre a todas las pócimas y venenos contra el adversario (De Gaulle). Palabra del incrédulo que abraza todas las causas para construir una fabulosa maquinaria de guerra política. Palabra del profeta sin fe capaz de echar a sus fieles al martirio y la tortura del fracaso para recoger los frutos de esa agonìa. Palabra del autócrata que utiliza todos resortes del poder político para destruir a sus más nimios y nobles adversarios (Michel Rocard). Palabra del filisteo capaz de recurrir al espionaje palaciego contra los mensajeros independientes (« Le Monde ») y pagar con bajas bagatelas a los hombres de mano (Bernard Tapie) más faltos de escrúpulos. Palabra del enfermo capaz de mentir, sin piedad, para consigo mismo, para cultivar la planta sin vida de la imagen pública y el « marketing » electoral...

Mitterrand ha utilizado la palabra con la eficacia asesina de los « condotieri » florentinos usando la daga o el puñal envenado. Los mejores discursos de su epopeya electoral poseen la fuerza visionaria y luciferina de los profetas de una causa que ellos mismos no profesan y desprecian, silenciosamente. Hombre de toga y puñal, ha conseguido todos los honores a través de la palabra, sus artificios, sus reglas, su retórica, sus columnas de mármol invisible, y ha consagrado sus horas más íntimas, calladas y secretas a construir su propia estatua de palabras, imágenes, ficciones, leyendas, cultivadas con la minuciosidad del antiguo constructor de muñecas y juguetes mecánicos.

Su personalidad más inconfesable es muy semejante a la del Golem, ser construido de palabras, a través de los arcanos de un arte gramatical. En su caso, la ficción bien real de su identidad política se convierte en un ser sin rostro que cambia continuamente de máscara, para perder a sus adversarios y preservar las estancias vacías donde se ejerce, en solitario, el poder de continuar ocultando la realidad con nuevas palabras, nuevas mentiras, con las que intentar alagar las pasiones de la ignorancia, el olvido, la ilusión ficticia donde él enquistó su existencia y su poder absoluto. Flores de papel de un herbario marchito.

Esa estatua de sal que Mitterrand ha construido de sí mismo solo puede contemplarse con los ojos ciegos e inmóviles. Si se mira hacia atrás, se corre el riesgo de contemplar un campo de ruinas morales y cadáveres ideológicos y políticos. Si se mira hacia adelante, se descubre el espectáculo horrible de los hijos dispuestos al parricidio, los hermanos que no han olvidado la herencia de la que fueron despojados sin piedad, los compañeros de viaje que se levantan de las cruces donde fueron crucificados, para pedir justicia.

La muerte y el sacrificio de Sócrates y Jesús fundan nuestra civilización, afirmando la perennidad de la palabra y la ética contra el pillaje y el poder de los demagogos y los fariseos, envenenando la palabra y la moral pública. Mitterrand pertenece a la muy otra especie de los hombres sin fe conocida, capaces de comprar, vender y filtrar palabras para mejor servir a sus intereses privados. Su modelo no tiene ningún interés en el terreno de las ideas políticas, donde se sirvió de todo, y lo contrario, para alimentar la voracidad de sus pasiones personales. Su modelo si es un arquetipo de los riesgos que corre una sociedad industrial avanzada, caída de hinojos ante el aventurerismo de un solo hombre, Golem y Flautista de Hamelìn, a un tiempo, pervirtiendo y emponzoñando las aguas y las fuentes donde echan sus raíces los hombres y los pueblos, las palabras.

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