« El flautista y su veneno

Laberinto de sirenas

17 Jun 2006, by Quiñonero, Categories: Archivo

[23/04/95 16:44:58] Los diccionarios nos recuerdan que las sirenas habitaban una isla del Mediterráneo y con su música atraían a los navegantes que pasaban por sus parajes. Los barcos se acercaban peligrosamente a las costas de aquella isla bien presente en la memoria, y zozobraban. Las sirenas devoraban a los imprudentes.

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En nuestro siglo, la industrialización planetaria de los medios de comunicación y seducción ha permitido a los demagogos recurrir a las sirenas de la palabra de masas para provocar gigantescas carnicerías, oficiadas en el altar totalitario del poder absoluto. En ese marco fáustico, a cierta distancia, François Mitterrand pasará a la historia y podrá ser estudiado, durante mucho tiempo, como un artesano, un artista del asesinato de ideas y palabras en el combate florentino de la puñalada a traición, el envenamiento ritual y cortesano de los fieles y los mártires ilusos.

Su formación, sus inclinaciones y su familia lo condujeron a participar pasajeramente en manifestaciones callejeras, donde los nacionalistas más torvos pedían la rabiosa expulsión de la canalla negra, mora y africana, que manchaba con sus impurezas la más pura sangre de los ríos y las venas de la Francia eterna, amenazada por la agitación frente-populista.

Su conciencia no le impidió trabajar serenamente con el gobierno francés que entregaba la patria al invasor nazi, pero comprendió pronto que solo podrían hablar de la razón y del futuro quienes abandonasen la nave de aquellos condenados a la vergüenza y el deshonor. Incluso llegó a tener amigos en un campo de concentración. Y, con la libertad conquistada por otros, en la tumba, el joven tribuno apostó y ganó en todas las mesas de tahúres ideológicos de la IV Repùblica.

Incluso llegó a negociar un atentado ficticio, para labrarse una estatua de héroe de una causa pronto olvidada. Ministro excepcionalmente joven y ambicioso, cultivó el secreto y las mujeres con la misma fruición egoísta, emboscado, siempre, tras un artículo de periódico, una frase asesina, una alianza sin escrúpulos. La xenofobia es un crimen cuando se ejerce en ajena tierra electoral, pero es invisible y fructífera cuando sirve para trepar en el laberinto ciego del Poder. El comunismo es un crimen totalitario cuando esgrime su bandera suicida un modesto rival de provincias, pero se transforma en una luminosa esperanza universal cuando el primer secretario debe cultivar la imagen del hombre de Estado en busca de lustre y barniz, insensible e inmune a la voz de los muertos y los condenados en un campo de concentración con aspiraciones planetarias.

El presidente con poder absoluto dice aborrecer la pena de muerte, que no ha dudado en firmar el ministro de justicia que tiene su mismo nombre y vive en el domicilio del mismo y cansado cuerpo. Los hombres y sus creencias se usan como carne de cañón en la guerra de ocupación y conquista de las ideas, que el cortesano desprecia, por inútiles, porque la lógica del poder solitario lleva muy lejos la ausencia de convicciones y escrúpulos.

Pasan las generaciones, los hombres, las ideas, las creencias. Quedan los resortes y los tentáculos del poder y la intriga, el olvido. Y la ignorancia. La tentación. Las pasiones. Si hay que creer a Homero, el poder de las sirenas reposa en su capacidad de despertar el deseo y las tentaciones. En nuestro tiempo, es muy difícil creer en seres invisibles. Pero los hombres continuamos encadenados a la misma docilidad ante la tentación de vender nuestra carne o nuestro tiempo a un precio más bajo, esperando liberarnos del yugo del trabajo en cadena, al que nos ata la palabra de los demagogos sin escrúpulos.

La sirena contemporánea roza la condición prostibularia, y apenas vende los trapos y chucherías del bazar y el supermercado planetario. Son los políticos que nos proponen la revelación de todos los misterios, esgrimiendo la palabra única de la nueva religión que ellos encarnan, prometiéndonos transformar el ocio el dinero, son ellos quienes arruinan y comercian con nuestras conciencias, como Mefistófeles sin fe en la Era de los Titanes y la Tecnología sin Conciencia. Con frecuencia, el artista de la palabra ideológica es capaz de construir huecos y gigantescos castillos y laberintos de voces vacías y altisonantes, esgrimiendo el monopolio de la verdad, para mejor ocultar el desierto poblado de alimañas donde él y su corte ejercen la tutela de las ideas muertas.

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