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Europa y Groucho

17 Jun 2006, by Quiñonero, Categories: Europa, UE

Europa existe y es una realidad anterior y posterior a los sonámbulos proyectos de dotarla de una bizantina constitución sin precedentes en la historia de las ideas políticas, por su complejidad y difícil comprensión.

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En su origen último, se descartó la idea de una constitución anglosajona, breve, corta, terminante en sus principios de libertad y justicia. Las elites tecnocráticas prefirieron un tratado constitucional que integrase todos los tratados ya existentes, acompañados de incontables equilibrios políticos, económicos, culturales, incluso religiosos, para intentar contentar a las numerosas familias y capillas europeístas.

El resultado fue un texto aprobado sin raciocinio en algunos países (España) y rechazado en otros (Francia) por razones no menos inquietantes, sembrando la consternación entre las elites cosmopolitas, incapaces de comprender que su retórica deja indiferentes a los pueblos europeos, preocupados por problemas mucho más inmediatos que, afortunadamente, escapan al sonambulismo institucional.

El gran mercado europeo es una realidad y primera fuente de prosperidad común, viciado, quizá, por las viejas tentaciones proteccionistas y la indisciplina económica de Francia, Italia y Alemania, culpables de arruinar el antiguo Pacto de estabilidad monetaria donde debía fundarse la credibilidad de la moneda común.

La zona euro también es una realidad palmaria, con sus ventajas e inconvenientes. España se ha beneficiado. Pero Inglaterra ha podido prosperar siguiendo su propia vía nacional, trasatlántica. Las economías de escala y la disciplina más o menos común favorecen la producción de riqueza, víctima de los arcaísmos franceses, italianos y alemanes, convertidos en peligrosa rémora para la nueva Europa.

Los grandes proyectos industriales (Airbus) o la seguridad interior ya funcionan con razonable eficacia al margen de la UE, formando círculos a geometría variable, donde pequeños grupos de países trabajan sin olvidar nunca sus respectivos intereses nacionales, que quedarían muy diluidos en un club institucional de veintitantos miembros, paralizado mucho antes de llegar a dotarse a unas normas “definitivas” de gobierno común.

Nada más normal que los pequeños países del Este aspiren a integrarse en la UE: esperan conseguir protección, subvenciones y respetabilidad. Para el club de los grandes (España incluida, ya que el Tratado de Niza sigue estando en vigor; y Madrid aún no ha perdido las ventajas derogadas con el difunto proyecto de Tratado constitucional), las ventajas constitucionales son relativas. Londres prefiere quedarse al margen. París vive un imprevisible ocaso europeo. Roma está sencillamente fuera de juego. Y Berlín se encuentra en la situación de Gulliver maniatado por los liliputienses. Situación típicamente marxista, tendencia Groucho: “Nunca entraría en un club que me aceptase como miembro”.

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