Guerra política y lechos de plumas
Dicho sea con sinceridad: un buen señor acusado con sibilina retórica de tener “a romantic relationship”, entre los 63 y 71 años, puede merecer todos mis respetos y simpatía.
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Dicho sea con sinceridad: un buen señor acusado con sibilina retórica de tener “a romantic relationship”, entre los 63 y 71 años, puede merecer todos mis respetos y simpatía.
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En el caso de la pareja Sarkozy – Carla Bruni, sería ingenuo separar sexo, política, diplomacia, marketing, poliandria, incluso guerra contra el terrorismo. Parafraseando a Clausewitz, pudiera decirse que, en verdad, “el sexo es la continuación de la política, por otros medios”.

Salvador Dalí, La cesta de pan, 1945. Óleo / tabla 34.7 x 43.5. Museo Dalí
Más allá de la frivolidad estéril y el placer solitario, la fertilidad de la mujer también habla de otras cosas…
Las relaciones amistosas o sentimentales entre Nicolas Sarkozy y Carla Bruni han abierto un vendaval de análisis y especulaciones políticas, íntimas, institucionales, escandalosas llamadas a influir profundamente en la evolución del modelo político y cultural francés, a la vista de las hondísimas metamorfosis que se están consumando a paso de carga.
Ségolène Royal, fallida candidata socialista a la presidencia francesa, y François Hollande, su compañero sentimental y primer secretario del PS, han decidido querellarse contra las periodistas que han revelado sus hondos enfrentamientos políticos y sentimentales.
El fantasma pasablemente delirante de una Europa convertida en Eurabia (víctima del terrorismo islámico y la declinante demografía de los europeos blancos, católicos, protestantes, judíos, agnósticos, ateos o indiferentes), poblada por unos europeos musulmanes reproduciéndose a una velocidad vertiginosa, reposa, entre otras calenturas, en una visión fantasmal de la sexualidad musulmana, que viene de muy lejos.

“Honor”, “intimidad”, “respeto”, etc., quizá no sean las palabras ideales para describir el derecho que reclama una ¿señora? ¿señorita? a comerciar con las imágenes de esta o aquella parte de su cuerpo, sacadas en pública subasta…
La chair est triste, hélas ! et j’ai lu tous les livres, escribe Mallarmé en algún momento. Sin embargo, ese triste convencimiento personal no coincide completamente con lo que sabemos de la vida íntima de escritores y escritoras de todo tipo de sexos, en el París finisecular. Ni Victor Hugo, ni Maupassant, ni Rimbaud ni Verlaine, entre muchos otros, hubiesen escrito tan sentencia, creo.
Gisèle d’Estoc, amante de Maupassant, libertina, lesbiana, andrógina, enviaba a sus amigos fotografías personales, al desnudo.
En los hospitales franceses son frecuentes las demandas de certificados de virginidad de jóvenes musulmanas. Algunos ginecólogos que tienen experiencias norteafricanas son partidarios de concederlos (incluso falsificados), para evitar el riesgo de la degollación de las inocentes.