Sombreros, insectos y señoras encantadoras
Siempre pensé que la sombrerería de la esquina de mi casa era mucho más interesante que la inmensa mayoría de las galerías de arte forzosamente contemporáneo.
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Siempre pensé que la sombrerería de la esquina de mi casa era mucho más interesante que la inmensa mayoría de las galerías de arte forzosamente contemporáneo.
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Frank Horvat, Vogue, Italia, 1980 – 86.
¿Cómo dudar que las colecciones privadas de Vogue son mucho más importantes para la historia de la sensibilidad, el arte y la fotografía, en particular, que las de una gran mayoría de museos de arte contemporáneo..?

Nan Kempner
Ségolène Royal vuelve a la guerra electoral cuando se descubre que el más famoso e influyente de sus propagandistas había domiciliado sus negocios en Suiza, por razones evidentemente fiscales…

Ilustración de Didier Ghislain del proyecto de Frank Gehry para la Fundación Louis Vuitton para la Creación
Asisto a la presentación de la Fundación Louis Vuitton para la Creación, con la que le grupo LVMH espera dotarse de un instrumento de influencia en la nueva geografía mundial del “mecenazgo artístico”.

Vogue, Fantasy Land. Peluquería alta costura. 1. Christian Lacroix Haute Couture 2.Viktor & Rolf 3.Alexander MacQueen 4.Christian Lacroix Haute Couture 5.Christian Lacroix Haute Couture 6.Viktor & Rolf.
Comentando de las colecciones de alta costura, y, en particular, de las colecciones de Gaultier, Chanel, Lacroix y Givenchy, Le Monde habla de “elegancia sofisticada y onírica”, deteniéndose, en particular, en las huellas del surrealismo en algunas mujeres vampiro de Gaultier y la influencia de los siglos áureos españoles en Lacroix.
Lissa Fonssagrives, vestida por Balenciaga, fotografiada por Irving Penn.
¿Cuál es el puesto de la Alta costura en la historia general de las artes..?
Cristóbal Balenciaga es homenajeado en el Metropolitan neoyorquino y el londinense Victoire & Albert Museum como un gran artista del siglo XX. En Paris, el Musée de la Mode le consagra una gran retrospectiva, que el Times londinense analiza con inmenso respeto, subrayando la influencia de Balenciaga en los artistas que vinieron.
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Európolis. El Islam y el futuro de Europa.
L’Officiel, nº 903. Marzo 06
Trabajo desde hace tiempo en la historia de un fotógrafo de moda y alta costura. Su madre pudo ser amante de Ramón Gómez de la Serna y su rastro se pierde en el París ocupado. Él mismo fue amigo de Helmut Newton. La mujer que amó fue modelo del primer Newton, entre Londres, Berlin, Berlin y Milán. Quizá no solo por esas razones compro, miro, estudio, mucha revista de moda, Vogue, etc. Y en el último número de L’Officiel encuentro un tema de Alta cultura: el rastro de como los temas, colores, tejidos, estampas, imaginería, fantasmas españoles, han influido en Christian Dior, Yves Saint-Laurent, Giorgio Armani, Christian Lacroix, Alexander Mc Queen, Gian Franco Ferré, Gucci, Sonia Rykiel, John Galliano, Givenchy, entre muchos otros.
Quizá las mujeres de Goya sea el rastro último de tales huellas de Alta cultura, que los grandes creadores de moda son capaces de rescatar e iluminar a la luz de su propio talento. ¿Debo decir que Cristóbal Balenciaga me parece un gran artista cuya universalidad no siempre tienen los escritores reciamente mesetarios, continuadores de las más funestas tradiciones cainitas? El Metropolitan neoyorquino le consagra un recuerdo permanente que nadie ha sido capaz de ofrecerle en su patria.
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Primera noticia del nacimiento de Celia…
Comida ligerísima y aérea en Vagenende con C*, que cubre, como otros años, los desfiles de la alta costura.
A la hora del café, me pregunta: “¿No crees que, finalmente, la obra de Yves-Saint-Laurent será más perdurable que la de Jean-Paul Sartre…?”. La sigo por esa pendiente, y llegamos a la conclusión que, en verdad, Karl Lagerfeld -sin entrar en el legado de otros grandes modistos, de Armani a Galliano, de Balenciaga a Dior- es de obra y palabra un analista y un creador mucho más fino, hondo e inteligente que la inmensa mayoría de los pretenciosos ridículos que pontifican en nombre del “ensayo” y la “filosofía”. Caína incluida: la insignificancia del “pensamiento” no exime el mal gusto de los trepadores.

Tres de la veintena de imágnes de la Fábula de Mr / Mrs Comfort
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Ramón Machón Pascual comenta con generosidad mi carga impiadosa contra animadores, reanimadores y enterradores de almas muertas, afirmando que, a su modo de ver, la coherencia laboral “implicaría el suicidio laboral de no pocos”.
Dicho esto, y abundando en su causa —-que es la mía—- me atrevería a decir que, en verdad, los escrúpulos morales ya hablan de almas en pena: denominación con la que no me atrevería yo a llamar a los más genuinos traficantes de mercancías, ideas y almas muertas. En definitiva, las relaciones entre la moda, la cultura, el comercio, la industria y la muerte han dado frutos sublimes desde el Barroco, cuando menos. Y pienso, en estos momentos, en la legendaria serie fotográfica de Richard Avedon, su Fábula de Mr / Mrs Comfort.
Avedon comenzó fotografiando cadáveres, como marine. Esa experiencia única culminaría con sus magistrales retratos, de Borges a la agonía de su padre. Astaire dio una imagen de Avedon en exceso almibarada en una película famosa. Como prueba la Fábula de Mr / Mrs Comfort, Avedon era muy consciente que el fotógrafo de moda —-rostro contemporáneo de la Muerte; Baudelaire dixit—- también puede y debe coquetear con los seres que merodean por los campos de tumbas del supermercado universal: por esa Tierra Baldía vagan sin rumbo las almas en pena que se disputan ángeles y demonios, como bien recuerda la película de Wim Winders.
Comida muy agradable con E*, que lamenta su regreso no sé si definitivo de Nueva York, entristecido por no haber podido asistir a la inauguración —hoy— a la gran expo consagrada a Coco Chanel (1883-1971), en el Metropolitan.
Nos preguntamos si los grandes modistos no pertenecen a la historia del gran arte, en mayor medida que no pocos “pensadores”, “artistas” e “intelectuales” de muy diversas especies. Y ambos recordamos otra gran exposición de años pasados, Divas, que incluía maravillosas creaciones de Madeleine Vionnet, Paul Poiret, Madame Grès, Saint-Laurent, Fortuny, John Galliano, Gucci, Issey Miyake, Dior, Yamamoto, y muchos otros. Quizá estimulados por la excelencia perfumada del Chateau Giscours, recordamos otros pasajes memorables: la presentación de Saint-Laurent en el Metropolitan, a primeros de los ochenta del siglo pasado; las colecciones de Armani en el Museo Nacional de Alemania de Berlín.
Antes de pedir dos o tres cafés, ya nos parece más que evidente la relación entre las señoras, las divas, las divinidades del panteón greco latina, y las luminosas vírgenes que Rafael pintaba contemplando a sus amantes.
En la plaza de la Sorbonne, despidiéndonos, le recuerdo nuestra deuda con personajes “menores” como el vallisoletano Eduardo García Benito, pintor, ilustrador, autor de una obra mal estudiada por los historiadores del arte. Quizá solo Juan Manuel Bonet lo incluye en su Diccionario de las vanguardias. En los años veinte y treinta del siglo pasado, Benito ejerció una cierta influencia en la evolución del gusto internacional, a través de sus memorables portadas de Vogue y Vanity Fair. Obligado recuerdo del Xenius: “Lo más revolucionario en… [Caína] sería el buen gusto”.