CATEGORÍA: Opinión

Blair y las viejas y nuevas políticas

El testamento intelectual de Tony Blair habla, precisamente, de la crisis global de las nociones de “izquierda” y “derecha”, del arcaísmo de los viejos partidos camino de su defunción, y de la emergencia de una realidad global, determinante.

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La crisis francesa, a través de Glucksmann, Baverez, Ferry, Gallo…

Francia, en la encrucijada, 13

El voto francés del domingo puede modificar el rumbo de Francia y de Europa, para bien o para mal. Por razones que he intentado desbrozar, desde hace años, con André Glucksmann, Nicolas Baverez, Luc Ferry, Max Gallo, entre otros. Con ellos he intentado comprender la enfermedad del declive francés y sus consecuencias culturales, políticas, sociales y diplomáticas, nacionales y europeas.

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Afganistán y nosotros

¿Cuántos muertos es capaz de soportar la sociedad española en nombre de la solidaridad militar en la lucha contra el terrorismo, en Afganistán? ¿Cuál es la solidaridad mínima que puede asumir un país de la talla de España, como miembro audible y creíble en la UE y la OTAN?

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Temple moral y Terror de Estado

Más allá de las relaciones de fuerza y los intereses de Estado más cínicos, ¿qué confianza se puede tener en un dirigente de quien se sospecha que es capaz de envenenar a sus adversarios, acusado por Amnistía internacional de practicar la tortura en las cárceles de su patria?

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Deontología de la basura

El seguimiento del pleno del Congreso consagrado al debate – rechazo del Plan Ibarretxe también ilustra con su luz negra los nuevos mecanismos de sabotaje de la lengua, destrucción de la retórica noble y envenenamiento de las conciencias.

Con el pretexto publicitario bien orquestado de “seguir” el pleno, predicadores de distintas confesiones se instalan ante la hoguera pública.

Cada uno o dos minutos, un buldero bien acreditado lanza adjetivos degradantes contra cada personaje a quien se desea ensuciar.

A un ritmo semejante, un respetable predicador salpica con honestos escupitajos cualquier opinión que escape a su cerrazón.

Con ánimo no siempre contemplativo, un coro de suplicantes lanza a un auditorio sonámbulo cubitos de basura en forma de baladronadas, bajonazos, puñaladas y puntillazos contra la cerviz virtual de los personajes ejecutados de manera sumarísima.

La retórica escrita tradicional condena a quienes la usan —-siquiera de manera aproximada—- a vagos intentos de aproximación. La jerigonza que se distribuye a través de la tela de araña universal permite caer mucho más rápido y más bajo en el infierno de la nadería desalmada.

Un insulto soez evita el simulacro de la escucha, impensable el intento de comprensión.

La sentencia obscena exime del diálogo.

¿Imaginar un código deontológico para la comunicación?… “Una pasada”

¿Respetar el derecho a la palabra?… “Corta el rollo, tío”

Consumado el oficio de tinieblas, los más avispados editores pondrán a la venta las naderías desalmadas, orquestadas con el reclamo publicitario de la novedad moderna. España en llamas. Caína.

Larra, hoy

Cito a Larra de memoria: Escribo lo que no pienso. Callo lo que pienso. Me pagan a tanto la cuartilla. Malvivo de tan luctuoso comercio. Quemo las cuartillas escritas en soledad, donde escribo lo que pienso y pudiera costarme la vida. Soy un buen periodista.

La naturaleza industrial de los nuevos medios de incomunicación de masas quizá agrave esa relación perversa entre la palabra, el pensamiento y su difusión impresa.

Adaptarse para sobrevivir, remando a diario por las aguas de ese océano poblado de tiburones y muchas otras especies rapaces, carnívoras, requiere una disciplina marcial, unos nervios de hierro.

El aspecto zoológico de la situación remite al Esperpento valle inclanesco: El joven vanidoso que escribe arcaísmos endemoniados negocia a buen precio el salario del veneno que destila. Y quienes pagan sus infamias lo hacen por mero lucro: está probado que la basura vende.

El aspecto desalmado de la historia remite a los Sueños de Quevedo: El viejo crapuloso vende sus canutos de porquería a una marca registrada, cuya primera fuente de negocios es el tráfico con ideas muertas.

Creyente en la religión cristiana, Quevedo podía temer el Infierno. Creyente en la religión del progreso, Larra temía el fin de todos los principios morales. Testigo del hundimiento fáustico de tal arquitectura espiritual, Valle Inclán ilumina los restos del campo de batalla: bestezuelas y animales de presa se disputan en el Ruedo Ibérico, a dentelladas, los despojos de antiguas dinastías vencidas.

La compra venta de cantidades industriales de papel impreso no puede crecer de manera indefinida enarbolando a toda hora las herrumbrosas lanzas de la guerra civil. El marketing sugiere la utilización publicitaria de paisajes artificiales, marcas, productos, bajezas, miserias, cuyo comercio reporta mucho dinero. El “entretenimiento” —-la manera de amueblar la conciencia ociosa de los ciudadanos indefensos—- se utiliza como recurso muy eficaz de vaciado de las almas.

En ese marco, las tribunas de los periódicos funcionan con alarmante frecuencia como púlpitos, minaretes, consagrados a la producción masiva de basura. Y es tan sustancioso el comercio con miserias, trapos sucios, consignas, infamias e ideas muertas, que los diminutos clérigos de las nuevas sectas sin Dios —-ni otras ideas fijas que la vanidad, la envida y el lucro—- solo discuten con sus amos la publicidad de sus entretelas y el precio de sus bajonazos.

Basta con visitar la librería de una cadena o supermercado para comprobar la buena marcha de tales negocios. Pero, me digo, sería erróneo abandonarse al nihilismo suicida. El arte de la retórica con el que Larra denuncia —-el primero—- tan luctuoso comercio pone de manifiesto que el manejo inteligente de las palabras, a la manera del sofista, pero con muy otros fines, puede permitir nuevas formas de resistencia contra la Muerte que nos cerca, si se tiene un mínimo de experiencia marcial en el manejo de las palabras, utilizadas con gracia.

Buenas razones para envenenar el agua de las ciudades

Todas las razones son buenas para envenenar a diario el agua de los pozos, los ríos, los embalses y los supermercados.

Doña T** elogia el carisma de un monarca autócrata, hijo de un déspota, crecido en un lupanar, enriquecido con la venta de estupefacientes, mantenido en el trono a través de la indigencia de sus súbditos y la venalidad de sus militares, porque así satisface en público el placer solitario de escupir contra el rostro de un vencido, que es imprescindible humillar a diario, en nombre de la verdad, la justicia y el progreso.

Mientras, la locura esquizofrénica se transmite con eficacia a través de los medios de incomunicación social. El vencido gobierna beneficiándose de las malas artes de sus aliados locales, a quienes a diario traiciona en Madrid con marrullerías inconfesables, negociadas a media voz en la trastienda de la Moncloa. Dos hijos encumbrados de la Benemérita se disputan campanarios y banderas: uno espera prosperar disfrazado de general con mando en plaza; otro redacta sombríos manifiestos, proclamando la no tan lejana soberanía de su minúscula república de opereta.

Desde el púlpito tabernario, los matones de atar echan mano a sus herrumbrosos fusiles: “Para gobernar España, es necesario bombardear Barcelona cada cincuenta años”. Sibilino, desde las madrigueras del Poder, el joven sacerdote de una iglesia difunta mueve sus peones con discreción sonámbula: “Es necesario linchar a este locutor insurrecto. Yo impartiré ostias bendecidas en la capilla particular de nuestro cortijo audiovisual. Las beatas que cobran de los fondos de nuestros padrinos darán grititos de placer al escucharme”

El coro de acémilas audiovisuales se quita o se pone la corbata, pone el cazo al mejor postor, eructa, ventosea, airea sus miserias, lanza a los cuatro vientos sus pócimas envenenadas, que, siendo lo que es la meteorología mesetaria, terminan acumulándose en el cielo, formando nubes tóxicas que no tardan en precipitar granizo, piedra, bastonazos, agua podrida.

De hecho, convertida la política en supermercado del odio, las alzas y bajas de los precios apenas afectan a la enfermedad del espíritu que lentamente envenena la vida de quienes están obligados a consumir basura para ir tirando del yugo de una existencia convertida en mercancía, cuando se tiene a alguien que la compre.

El tedio, la acedía, el desencanto de miles, millones de ciudadanos indefensos, es un objetivo comercial tan atractivo como la producción de cereales, tubérculos o legumbres. En la antigua PAC (Política Agraria Común), los contribuyentes alemanes pagaban precios protegidos a los agricultores franceses, para intentar construir una Europa carolingia. En la nueva UE, los Estados se reservan el derecho de manipular a su antojo la incultura audiovisual, convertidos los ministerios del ramo en organizaciones de producción de emisiones de pompa, publicidad, fastos, promoción y jolgorio con el que amueblar el desierto urbano iluminado con luces de neón.

Demonios audiovisuales

Cada mañana, un anciano fanático se sube al púlpito de su tribuna y lanza sierpes envenenadas entre sus fieles, que se han despertado bebiendo el agua podrida de un predicador radiofónico.

Desde el minarete de otra mezquita audiovisual, una señora que vende sus vergüenzas al mejor postor eleva su voz para ofrecer a los transeúntes melaza infectada con basura.

Desde los palcos de su palacio, pagado con el dinero negro de sus chantajes contra personajes de muy diversa ralea política, un ave carnívora con tirantes y plumaje de cuervo a la moda hace propaganda de sus pócimas envueltas en papel amarillo mostaza.

En la sacristía de una iglesia bien pensante, el párroco profana a diario un largo rosario de ataúdes, que los fotógrafos de su parroquia fotografían con las polvorientas banderas mil veces usadas para enterrar cadáveres.

Entre esa fauna, en el mercado de las ideas muertas o averiadas, P** ocupa un puesto único. Afortunado propietario de grandes huertos meridionales, ganó el cielo cristiano sirviendo con infidelidad a una alta autoridad eclesiástica, aspiró a los palacios ministeriales de sucesivos gobiernos conservadores o socialistas, cobró las canonjías de la alta función pública internacional y pontifica desde el púlpito pagado con sus inversiones, siempre servicial con sus poderosos y cambiantes amigos.

Quizá las miserias contadas por Suetonio sean más atroces. Pero no poseían la gangrenosa condición de las epidemias propagadas en nuestro tiempo en nombre del bien, la verdad y la justicia. Ya que Caína —-Babilonia de naciones mal ajuntadas, para Baltasar Gracián—- es víctima de distintas mafias filantrópicas, propagando nuevas enfermedades con su comercio nefando de medicinas averiadas.

De hecho, en no pocos casos, los bulderos de turno ya comenzaron traicionando a sus familias, traicionando a sus esposas, indiferentes cuando no propagandistas de la basura que sus hijos se pinchaban en las venas. ¿Contarán esa historia los futuros biógrafos de nuestros traductores de Lou Reed y nuestros predicadores del Terror genuinamente progresista?

El marido que abandona a su esposa cancerosa, para gastarse sus ahorros comprando basura con la que seducir a una buscona, es hoy una figura eminente entre los personajes desalmados que venden con mucho éxito la más codiciada porquería audiovisual.

Tales figuras del Ruedo Ibérico amueblan el odio, el tedio y la acedía de los más humildes, necesitados y perdidos en la noche urbana. Julien Green me recuerda la sentencia de un místico: “Los pueblos caminan hacia el infierno”.