CATEGORÍA: Viajes

PdR (2). La polución y los santuarios de la Luz

La SV de Cézanne

Presocráticos y budistas sabían que la Montaña es un lugar privilegiado donde los misterios de la tierra, el cielo y la fecundación se confunden con los escarpados caminos que conducen a su cima, desde donde se contemplan la gloria (el Santuario de la Luz de mi tierra; el Montseny de Guerau de Liost-Bofill i Mates) o el infierno terrenal (Der Zauberberg de Mann).
En algunos casos privilegiados, ese diálogo terrenal y espiritual se prolonga a lo largo de los siglos y la obra de grandes creadores. El Mont Ventoux es indisociable de la obra de Petrarca, de Frédéric Mistral y de René Char, que arrastró a Heidegger hasta su ladera oeste para hablar de los orígenes de la palabra y la poesía en los seminarios de Thor. La Sainte-Victoire ocupa un puesto central en la obra de Paul Cézanne y un puesto enigmático, quizá significativo, en la obra de Picasso. A partir de la gran retrospectiva parisina de 1978 —que también coincidió con mi descubrimiento del pintor— Peter Handke se sirve de esa montaña como parábola para discurrir sobre el destino mismo de la creación. Tras el pavoroso incendio de 1989, cuando las llamas convirtieron en cenizas el 75 por ciento de la vegetación del macizo, Handke volvió sobre el tema de la montaña mágica: Epopoë vom Verschwinden der Wege oder Eine andere Lehre der Sainte Victoire… Epopeya sobre la desaparición de los caminos; o una Nueva Lección de la Sainte Victoire.

La SV, mañana del 16 abril 2006. Foto by JPQ

A pesar de mi viva simpatía hacia Handke, no comparto su optimismo. La destrucción quizá definitiva de buena parte del monte bajo, los senderos umbríos y la vegetación de la Sainte Victoire se me antojan una tragedia inquietante: crece el desierto, prolifera la muerte de todas las cosas vivas, víctimas, así mismo, de la polución, que también hace estragos en una Costa Azul, donde las nubes de smog manchan con motas de polvo ácido los colores de las flores y el rostro de los seres humanos.

Pascua de resurrección (1). Ariadna y la fecundación

M.V., Ariadna, II. Bronce, 2004. 270×278x290. Col particular. Foto by JPQ

Pascua de resurrección

Por razones poco gloriosas y muy melancólicas, Maurice y Françoise nos han dado cobijo durante varios días en su casa de Cagnes-sur-Mer y desde allí hemos vagabundeado por Niza, Montecarlo, Antibes, Juan-les-Pins, Saint-Paul-de-Vence, donde la Fundación Maeght expone una magnífica retrospectiva de Manolo Valdés, con quien sospecho que he sido injusto en varias ocasiones.

En la Fundación Maeght hay una capilla construida por Josep Lluis Sert, en el mismo lugar donde se encontraba un antiguo santuario dedicado a San Bernardo, no lejos de una antigua fuente consagrada a Diana en la época de Augusto. Las tallas románicas datan del siglo XII y XIII. El cristo crucificado es de origen español, siglo XV, casi contemporáneo de Gracilaso, que murió no lejos del lugar, en Frejus, y estuvo enterrado en Niza. La vidriera es de Braque (Pájaro blanco y malva). El lugar está repoblado con esculturas de Calder, de Chillida, de Miró, que iluminó muchos rincones con sus misteriosas creaciones. Una escultura de Manolo Valdés me recuerda que la vida de Ariadna también es un calvario que culmina con la resurrección de la carne, tras la soledad, el abandono y el tormento que precede a la fecundación de la tierra. Esa es la ilusión última de mi CJC.

París-Barna-París, a la espera de Lezama-Zambrano

Murciano en el destierro, mañana corro una maratón París-Barcelona-París en 48 horas, para recoger a C., JF., PJ. -esposa e hijos-, Inés y Buck -dos pequeños yorkshires. Me hubiese gustado hablar de la correspondencia Lezama-Zambrano, que imaginaba en forma de “joya preciosa” y es un verdadero monumento. Pensaba ilustrar esta entrada con un cuadro célebre de David Hockney (My parents, 1977). El curro y la infame turba de aves nocturnas me han quitado el humor. Nos vemos. ¿Cuando? ¿Mañana? ¿El domingo? Si supiera como hacerlo, terminaría este post con la Sinfonía nº 4 en G mayor de Gustav Mahler. Hélas!. Nobody is perfect.

París / Jerez, ida y vuelta (y 4). Edwards, Neruda, Malraux, Trotski, y otros crímenes trasatlánticos

El viaje de regreso, Jerez – Madrid – París, lo hago en gozosa compañía de Jorge Edwards, que no solo es un gran escritor: sus testimonios sobre Cuba, Chile y Pablo Neruda tienen una importancia histórica evidente.

Y escuchándolo advierto que, en verdad, las manías cainitas tan presentes en las semillas, raíces e industrias de las (in) culturas españolas, tienen algo de provinciano, como bien ha puesto de manifiesto el congreso del que nos alejamos. El ecumenismo de Pepe Caballero Bonald, él mismo recompensado, ha reunido en su Fundación testimonios argentinos (Héctor Tizón y Blas Matamoro), panameños (Juan David Morgan), colombianos (Daniel Samper), peruanos (Fernando Iwasaki) o chilenos (Jorge Edwards), entre otros. Todos esos y otros maestros conocen y frecuentan la gran cultura española, en medida inversa a la obstinación con que una mayoría significativa de escritores españoles ignora las culturas americanas, como ignoran a sus vecinos de otras lenguas españolas, no castellanas.

Escuchando, encantado, a Jorge Edwards, de aeropuerto en avión, termino por confesarle mi admiración por su experiencia cosmopolita, víctima, paradójicamente, de las mismas manías cainitas, trasatlánticas, de raigambre reciamente hispánica: él ha sido perseguido, censurado y proscrito en no pocas ocasiones, cuando no ajusticiado verbalmente, todavía, por razones de la más baja ideología. Le confieso mi envidia hacia sus relaciones con Neruda —-“él fue Rimbaud en su juventud y Victor Hugo en la madurez definitiva”, me dice—- que concluyó con un colofón creo que poco conocido: Neruda, que había pedido el Nobel para Ramón Gómez de la Serna, años atrás, le escribió personalmente a Salvador Allende, advirtiéndole que si cesaba a Edwards como ministro consejero, en la embajada chilena de París, él dimitiría inmediatamente como embajador.

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PS. El testimonio de Edwards sobre Neruda, Siqueiros, André Malraux y el asesinato de Trotski es de la más alta escuela e importancia. Pero esa es, ya, otra historia.

París / Jerez, ida y vuelta (3). Realidades ocultas, cercenadas

Deambulando por las calles, plazuelas, iglesias y palacios de Jerez con Jordi Gracia, Joaquín Marco y Santos Sanz Villanueva descubro insondables realidades paradójicas: el arte de escribir novelas —-dejemos a los poeta en paz, por una vez—- quizá haya evolucionado de manera significativa, en los últimos quince o veinte años, dando, en el español de España —-dejemos en paz, por una vez, a los novelistas que escriben en otras lenguas, españolas o no—-, una cantidad importante de frutos de gran calidad. Sin embargo, esa realidad bien honda, que algo dice de la conciencia de quienes escriben sobre la evolución misma de tal arte, en su patria o amenazada heimat, está distorsionada, perturbada, manipulada, mancillada, cuando no proscrita, con frecuencia, por otras realidades que cercenan la plena libertad de la palabra, víctima de poderosas razones pasionales, corporativas, mercantiles, periodísticas, empresariales, etcétera.

Ni que decir tiene que la denuncia pública de tales amenazas y limitaciones, que tanto pesan contra la libertad de quienes debieran trabajar en la ordenación de los cimientos de la arquitectura espiritual (JRJ dixit) de nuestra patria (¿?) es una dolorosa venda en los ojos de la conciencia pública, mucho más sonámbula, pobre y atormentada, como consecuencia de atropellos no siempre modestos, que no me atreveré yo a llamar por su nombre, apellidos y circunstancias.

París / Jerez, ida y vuelta (2). La guerra civil se mama con la leche escolar

No se si están totalmente extintas las atormentadas cenizas de los mestizajes tan presentes en la geografía urbana de Jerez. Aquí y allá, en este comentario sobre la conquista o reconquista de la tierra, o en aquella reflexión sobre los mármoles desnudos de unas estatuas, brillan con todo su fulgor flamígeros hachones justicieros, de la más distintas banderías.

Cuando hablo o descubro la obra de poetas para mí desconocidos, hasta ayer, ya sea de mi director general de asuntos informáticos —-gran poeta hermético—-, Josefa Parra —-autora de poemas incandescentes—- o Enrique García Máiquez —-antólogo de Luis Rosales y poeta en busca de una síntesis entre el humanismo y las difuntas vanguardias—-, me admira la pureza de sus incursiones líricas, cuando sospecho que bastaría una sola palabra, entre otras incontables, como “Israel”, “palestinos”, “Bagdad”, “Nación”, “Euskadi”, “Estado”, “Islam”, etc., para precipitar una crisis inflamable; como si la lengua pudiera transmitir gangrenosas enfermedades del espíritu que, en nuestro caso, comenzaron a proliferar con la Picaresca: sembrando una ética y una estética de gente hampesca y desalmada. Enfermedad cancerosa de la que no es fácil liberarse y bien pudiera estar presente en la vida nuestra de cada día, a juzgar por las anécdotas de la “vida literaria” que escucho en boca de Jordi Gracia, Joaquín Marco y Santos Sanz Villanueva, que a buen seguro no comparten ni son responsables de mi pesimismo sobre tales negocios.

De vuelta a casa, descubro en la rue de Medicis, en la verja del Luxemburgo —-donde se cuelga una improvisada expo de fotografía, en la que se recuerdan media docena larga de obras maestras—- una fotografía de Raymond Depardon, tomada en Berlín, meses después de iniciarse la construcción del Muro: un grupo de niños armados de pistolas y fusiles de madera juegan a la guerra civil. Como si un espíritu Maligno se complaciese en sembrar la discordia muy temprano, enseñando desde la infancia el juego atroz de construir muros donde crucificar o fusilar a nuestros padres y hermanos.

París / Jerez, ida y vuelta (1). Arte de la amistad y flamígeras espadas

París – Madrid – Jerez, ida y vuelta.

Alegría del viaje. Alegría del premio con Jordi Gracia. Gratitud hacia Santos Sanz Villanueva. Abrazo con los Caballero Bonald. Amargas sabidurías de Joaquín Marco. Sabidurías trasatlánticas de Fernando Iwasaki. Cosmopolitismo sabio de Jorge Edward, etc.

Se impone, de entrada, la visión majestuosa de una ciudad (Jerez) cuyos cimientos se pierden en milenarios mestizajes, cuyos fantasmas es muy emocionante perseguir de palacio en palacio, de iglesia en mezquita, de mezquita en iglesia, de ruina en ruina, como si la sombra errante de Jaldun y su historia del auge y decadencia de los imperios nos persiguiera para advertirnos de un fallo en la crónica implacable de su historia y la nuestra, revocadas a través de un Arte de la amistad.

Arte, como el de la memoria, indisociable de las artes y geometrías del espíritu. El tiempo y la historia no han podido abolir muchos de los cimientos de la ciudad, que se busca buscando los cimientos de mezquitas almohades, reconstruidas a la espaldas de los grandes palacios, iglesias y alcázares cristiano renancentistas, que tampoco pueden ocultar, por momentos, la huella neoplatónica y pagana, en una gloriosa confusión de lenguas y culturas.

La Fundación Caballero Bonald nos había reunido para hablar de literaturas hispánicas, indisociables, como olvidarlo, de tantos otros mestizajes. Apenas una sombra de inquietud muy viva: cuando se habla del mestizaje con escritores catalanes, vascos o gallegos, no es difícil entrever, embozadas, las más inquietantes sombras, que los lectores de Jaldún —-incluso los de muy modesto blog—- reconocerán sin dificultad, acusándonos con sus flamígeras espadas.

Viena / Jerez, ida y vuelta, coqueteando con el abismo

Ocaso de Schiele

A la espera del avión que debiera llevarme a Jerez —-si la huelga de transportes parisinos no lo impide—-, para recibir el premio de ensayo de la Fundación Caballero Bonald, compartido con Jordi Gracia, y participar como invitado en el Congreso de narrativas hispánicas, tengo la oportunidad de contemplar algunas de las obras maestras de la expo Klimt, Schiele, Moser, Kokoschka. Viena, 1900, que se inaugurará dentro de unos días en el Grand Palais.


Mujer de Klimt

No es un secreto que la Viena de Wittgestein —-título inglés de una obra de referencia, traducida al castellano hace veinte o treinta años—- fue el “ojo” del huracán donde se precipitaron el Imperio austrohúngaro y buena parte de los cimientos de nuestra civilización. Y en ese balcón ante el Abismo florecieron el psicoanálisis, la dodecafonía, y muchas de las formas de la novela que vendría (Musil, Broch). Roth y Karl Kraus fueron los profetas de aquel majestuoso incendio.

En el terreno estrictamente pictórico, las escuelas vienesas no tomaron el rumbo de las vanguardias que florecerían muy pronto en París, Berlín, Moscú y Nueva York. Los artistas de la Viena de 1900 eran otra cosa, deslumbrante como la Caida de los Dioses filmada por Visconti. Esplendor de la carne y los cuerpos desnudos, en flor, condenados a la voluptuosidad sin fin ni fecundación. Ocaso de un Imperio difunto. Melancolía de una civilización camino del infierno. Gloria del alborosáceo del rostro femenino, en vísperas de un viaje sin retorno hacia la oscuridad del abismo.

Campo de Agramante

Tras una agradabilísima mañana, mirando picassos que nunca serán míos, aunque tan hondo siembran mi conciencia, la portera me trae, con el correo, el último número de Campo de Agramante, la revista de literatura de la Fundación Caballero Bonald.

La hospitalidad de Pepe y la amistosa generosidad de Santos Sanz Villanueva me dan cobijo entre la más selecta compañía: Antonio Muñoz Molina, Jaime Gil de Biedma, José María Merino, Rafael Soto Vergés, Luis Javier Moreno, Carlos Marzal, Antonio Gamoneda, Antonio Jiménez Millán, Luis García Jambrina, entre otros.

Un poco abrumado y sin saber qué responder a las cosas que dice Santos Sanz Villanueva, me refugio en el Diccionario del maestro Manuel Seco, intentando aprender algo.

Seco define Campo de agramante como “lugar donde todos pelean o riñen con todos”. Espacio sospecho que saturnal no muy alejado de mi Caína. Seco cita a Gonzalo Torrente Ballester y Miguel Delibes para ilustrar el uso más puro de la expresión, descubriéndome misteriosas coincidencias.

GTB, Saga / Fuga de J.B.: “.. la cantidad de… objetos variados que quedaban en escena dejaban en el contemplador la penosa impresión de que aquello había sido un Campo de Agramante…”. Fui uno de los cinco o seis privilegiados lectores que leyó la Saga / Fuga todavía en manuscrito. Y fuimos RC y yo los dos primeros en decir que se trataba de una obra maestra. Sorry por la pedantería.

MG, Pegar la hebra: “… ¿Qué es la calle de Aribau sino la España de 1.936?. ¿No es un verdadero Campo de Agramante?…”. No he leído ese libro de Delibes. Pero no puedo olvidar que en la calle de Aribau, justamente, vivía mi abuela materna y allí descubrí, todavía niño, hasta que punto la pesadilla de la guerra civil había destruido para siempre a mi familia. Campo de Agramante.

Un arte de vivir y morir con Gracia

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Cementerio Campo Verano, 08.04.05 a las 8.11 de la mañana

Días antes de mi precipitado periplo París - Mónaco - Montecarlo - Roma - París, me había escapado un fin de semana hasta Grenoble para pegar un vistazo a la exposición L’art italien et la metafisica (1911 - 1935), atraído por el señuelo de los grandes maestros del grupo Valore Plastici: Giorgio De Chirico, Carlo Carrà, Giorgio Morandi, Filippo De Pisis, Gino Severini, Mario Sironi, que forman una parte esencial de la “otra” historia no escrita del arte del siglo XX, junto a los Ibéricos castellanos, los Noucentistes catalanes, la Neuesachlichkeit alemana y las otras figuraciones anglosajonas, de Bacon y la Escuela de Londres a Georgia O’Keeffe.

Mi vieja pasión por tales maestros cobra ahora otras dimensiones. En verdad, me digo, el gran arte italiano se sirve de la pintura, la escultura, la imaginación, la arquitectura, el urbanismo, incluso la botánica —-los cipreses del paisaje toscano—- para crear una nueva realidad estética, doble de la Creación. Y esa realidad también es un arte de vivir y morir con gracia y en gracia. Esa manera de estar es la que sedujo a Stendhal, a Gogol, a Shelley, a Keats, a Chateaubriand. Junto al Panteón —-la obra arquitectónica más perfecta que nos ha quedado de la antigüedad clásica, a juicio de Stendhal—- se encuentra la plaza Minerva, que limita con la iglesia de Santa María Sopra Minerva. En un pañuelo urbano se cruzan Bernini, la tumba de Rafael y Gammarelli, una sartroria per ecclesiastici que lleva cortando traje de papas desde 1793. Lo sagrado y lo profano vuelven a cruzarse en las divina proportione del gran arte clásico, que Lucca Paccioli, revisitado por Luis Marsans, intentaba “traducir” en armonías geométricas y matemáticas.