Bernard Frank ha muerto con la elegancia irónica del gran estilo: dialogando de política y mujeres, en un restaurante de la orilla derecha del Sena, bebiendo un vino de Burdeos, quizá un Chateau Giscours de Margaux, uno de sus preferidos.
Horroroso mal estudiante, hijo de una familia judía acomodada, expulsado de dos o tres institutos, sin oficio ni beneficio, nacido en Neuilly-sur-Seine (11 octubre 1929), Frank sedujo a Jean-Paul Sartre, enterrada la adolescencia a paso de carga. Apenas cumplidos los veinte años, era crítico literario en Les Temps Modernes, la legendaria revista de la cofradía sartriana. Esa relación filial apenas duró un quinquenio, hasta que Sartre se enfadó con los horrores novelescos de su jovencísimo protegido, Las ratas (1953).
Petulante, elegantísimo, vividor, sin domicilio fijo, Frank había tenido tiempo de seducir y enemistarse con todos los cardenales y monaguillos del gotha existencialista, inventándose una generación de escritores, los Húsares (Roger Nimier, Michel Deon, Antoine Blondin, Jacques Laurent), jóvenes estetas conservadores que decían cosas horribles de Sartre y su banda.
Frank lanzó la etiqueta de los Húsares con un artículo publicado el mes de diciembre de 1952, en Les Temps Modernes. En verdad, el mismo Frank puede hoy considerarse miembro del mismo grupo, sencillamente hostil a la politización radical de la literatura. “La literatura solo se debe al placer” diría más tarde el joven escritor, con una finura de estilo perfectamente comparable a la elegancia de los libros serios de Jacques Laurent, un esteta de otro bando, no menos seducido por el champagne, el lujo, los placeres, y las señoras.
MARRULLERÍAS EDITORIALES
Rota su relación con Sartre y los doctores de la iglesia laica de Les Temps Modernes, Frank comenzó una larga y venturosa carrera de amistades licenciosas, libérrimas opiniones y críticas implacables. Esteta y hombre de mundo, nunca tuvo piso ni casa propia. Primero vivió en la casa de sucesivas novias. Antes de conocer a Françoise Sagan, la más íntima de sus amigas íntimas. Cuando los maridos de Sagan consideraron insoportable la presencia en su casa de un amigo sin otra profesión que la crítica literaria y las crónicas de sociedad, Frank encontró otro protector de peso: Claude Perdriel, propietario del semanario Le Nouvel Observateur.
Durante treinta o cuarenta años, Frank cambió veintitantas veces de domicilio de alquiler, publicó una docena de libros (novelas, ensayos, críticas) y se convirtió en el crítico más fino, impertinente y libre de su época. Los premios literarios le inspiraban risa, ironía y desprecio (callado, por buen gusto). Los talentos jaleados publicitariamente por sus colegas provocaban su elegante sorna. Las marrullerías del gremio editor le permitían denunciar con gracia mil y una bajezas venales.
PLACERES
Sus colecciones de artículos son una historia íntima de la literatura francesa del siglo XX, con un panteón muy suyo: Proust, Berl, Drieu la Rochelle, Malraux, Sartre, Leautaud, Gide, Yourcenar. Y un interminable etcétera. Y afinaba con elegancia suprema degustando vinos a lo largo de interminables sobremesas nocturnas. Su último libro, Les rues de ma vie (2005) es una colección de ensayos publicados en una revista de urbanismo: una pequeña joya, un viaje interminable por las calles de París, deambulando tras las sombras de Sagan, de Modiano, de Blondin, de Morand, de Drieu, de Nimier, de Françoise Giroud, que también fue su amiga y poesía, como él, el talento de la frase justa.
Frank llegó a casarse y ser padre, con la elegancia del agnóstico en cuestiones familiares y la debilidad de los hombres justos. Su esposa terminó siendo una amiga, junto a otras amigas, como Florence Malraux o Françoise Sagan. Todas sus mujeres hicieron algo más que amarlo. Lo cuidaron, le permitieron vivir libre, sin ataduras laborales, económicas ni confesionales, consagrado con devoción a la lectura, la digresión libresca, la degustación del vino y los placeres de la buena mesa. Esperando el fin con la elegancia de un dandi, disculpándose con tacto por abandonarnos demasiado pronto, para ser fiel, por aburrimiento, a una cita fatal.
[ .. ]
CJC y algunas heroínas de Truffaut, Fellini, Visconti y Billy Wilder.
Merci pour le tuyau !
Hay mucho de seducción en este retrato, pero me fijo en algun detalle que ya te comentaré esata noche.
Ahora parto pa’l duro curro.
À tout à l’heure !
Hasta cuando quieras, Sani.
Como que persisto tecamente em mi dispersión de intereses, puse delante otras cosas y ya no pasé a saludarte.
ero… Si algún dia, clavelitos no…, (…) no te creas que yo ya me olvido, tirurín, … Es que tuve mis affaires yo también.
Leyendo tu post, -cómo no inventamos catalanes y españoles y franceses más monosílabos, nosotros también? – me interesó porque me recordó algunas de mis lecturas del N Obs al que estuve subscrito , via Institutos, durante casi dos décadas. Ahora lo tomo prestado, aunque con cierto retraso, de la biblioteca municipal que tengo a tiro de piedra de caasa.
Lo que sacas a relucir, quería decir, es la eterna seducción que ejercen sobre nosotros, gente mucho más rangée, la vida y milagros de autores como Bernard Frank, capaçes de vivir a costa de amigos, cambiar de casa un sinfín de veces, nosotros que estamos casi quietos, y ser crítico de reconocido prestigio ya que lo dice Jean Daniel, que tiene pinta de hombre bueno desde siempre en el Nouvel Obs.
Si BF pudo llegar a los 77, y morir en un restaurante con buen vino en la mesa y discutiendo de política,… merece que las cortes celestiales le signa manteniendo en la gloria!
No sé si es mucho pedirte que mires si puedes enterarte por dónde anda Walter Lewino. Si consiguieras una dirección del tipo que fuera, o un fax o un teléfono, me haría ilusión mardarle mis saludos. Hace unos pocos años, cuando era todavía mucho más atrevido que ahora, me hubiera puesto a llamar a editoriales, revistas o incluso a la Mairie de París… Así a la brava, desmedidamente, conseguía siempre un montón de cosas. Ahora, demasiado comedido para mi edad, se me queda un montón de deseos entre la cabeza y la tecla, o la pluma … De ahí que sienta estas debilidades por culos de mal asiento tan prolíficos como el bueno ese de Bernard Frank. Aunque los que tenemos a una «Elsa» en casa, tenemos el mayor tesoro del mundo.
Tengo en mente hablar de W. Lewino a aIguien, ya te diré a quien el dia que nos veamos, para que realice por procuración una de mis obsesiones de toda la vida… Ya te contaré. Si lo consigo me puede dar un ataque de felicidad.
Sani,
BF era un personaje atractivo, efectivamente. Como WLewino: lamento no tener ni idea donde poder localizarlo.
Sospecho que «Elsa» no es Elsa Morante, claro.
Que seas bueno y félizzzzzzzzzz
Q.-
Querido amigo,
Decíamos ayer …
Me enteré por medio del blog de una gran ex(gran)-actriz, Dorothée Blanck, que Walter Lewino lanzaba un blog en marzo pasado donde prometía «concocter» [y colgar] una idea diaria …
Como ves, te mando el enlace para que puedas seguirle la pista si lo consideras interesante.
En el post de hoy, 25 de abril Les vélos municipaux (1962)
demuestra, cuanto menos, que siempre fue una mente creativa.
Te escribo aquí este comentario porque como le comento a Walter, hoy he recibido tres libros de Walter (de Chapitre.com) los tres los encargué de segunda mano y cuál no ha sido mi sorpresa al ver que en la página 3 de pardon , parodn mon père, el propio Walter escribe una dedicatoria a Bernard Franck de puño y letra … diciéndole que su homenaje está en la página 92 del libro.
Supongo que lo que se siente cuando pasa algo así sólo lo puede entender alguien como el propio autor, yo mismo y tu (?) …
Me atrevo a contártelo aquí, que es donde puede figurar con cierto acierto y oportunidad.
Un abrazo especial
Sani