Caína y su Corte de los milagros

marzo 22, 2008 | 5 Comentarios

Una literatura de alto alcance” [ .. ] “Los héroes de Una primavera atroz nos devuelven a aquellos no tan lejanos tiempos en donde Baroja, con sus zarpazos, lanzaba sus demoledores ataques o don Ramón María del Valle Inclán, acaso más contenido pero no menos acerado, enseñaba la faz descompuesta y empequeñecida, vil, sangrante, de la realidad castellana ante los espejos del Callejón del Gato”.

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Uauuuuuuuuuu… Mi Caína, en la Corte de los milagros de la transición política, la corrupción, los escándalos, ETA, el GAL, La puta de la República… hasta la guerra de Irak y la matanza de Atocha:

LA CORTE DE LOS MILAGROS

Ramón Jiménez Madrid

Sale esta larga novela, -más de 400 páginas de apretada letra- Una primavera atroz (Renacimiento / Espuela de plata), de Juan Pedro Quiñonero, totanero afincado en París, creador de un dominio propio denominado Caína, un espacio literario que viene explotando desde hace tiempo. Lector de Baroja, conocedor de las andanzas de los exiliados españoles que surcaron las calles gallas, continuador de las vanguardias –empezando por Proust- no ha dudado otra vez en embarcarse en una literatura de alto aliento, de elevada capacidad intelectual y enumerativa que sorprende, sobre todo al que no lo conoce. Aunque relegado a provincianas o limitadas ediciones, Quiñonero apunta a una literatura de alto alcance, sin concesiones al lector, con una escritura torrencial que puede llevar aparejada –tal como ocurre en esta ocasión- motivos recurrentes..

No es fácil atrapar la esencia de una novela que plantea problemas, entre ellos el de su propia naturaleza. Quien lo desea puede encajarla en la órbita, siguiendo a Umbral, de aquellas crónicas que trataban de historiar los ciclos de la vida española. Y claro, los que así pensaran, indicarían que el artista describe en cuatro tiempos, como si de una sinfonía se tratara, aquellos tiempos oscuros en donde los exiliados españoles, pobres pero dignos, piojaban sus miserias y los recuerdos fuera de sus lugares de origen. Y podrán añadir la furia galopante de los advenedizos políticos que, con engaños y pamplinas, le birlaron los honores y se llevaron desde Surennes, camino de Caína, la dignidad de un partido centenario que pronto iba a disfrutar, en el tercer movimiento, de todas las glorias humanas y carnales, económicas y placenteras, especialmente de dos personajes sevillanos –los nombres los modifica pero son fácilmente reconocibles- que apabullan con su victoria electoral en el 82. Y el César triunfante y Cleón, de vice, personajes de ficción, se apoderan de todo el aparato del Estado, comulgan con una serie de descarnados personajes –entre los que no descarto a Polanco, Sotillos, Julio Feo, Mario Conde, Mariano Rubio, Pilar Miró, Manuel Campo Vidal y muy especialmente con el Saurio, al que identifico con Semprún, etc, trocados a medias sus nombres- y se empieza a acelerar un proceso de degradación que se consuma, obviamente, en el apartado final, cuando la partitura se detiene, se acaba el poder y se consuma la ruina –acompañada de la desinformación informativa y la corrupción de los fondos de reptiles- de los que ostentaban el mando. De un ajuste de cuentas con el socialismo, podría decir quien lo leyera desde el campo de la izquierda. Desde una perspectiva razonable, quien estuviera en la baranda de la derecha.

La obra tiene muchos procedimientos y técnicas de la Corte de los Milagros de Valle Inclán y contiene toda la salsa picante y la malicia del esperpento y los condimentos de esos espejos deformantes tan habituales en los componentes del 98. La condición primera es vaciar de contenido humano a los antihéroes de esta novela río que permanecen como peleles en danza, muñecos o marionetas de una acre farsa, figuras de cartón que, antes que cumplir un destino, lo que muestran es su infinita ambición, sus apetitos desordenados, su falta de educación, su pequeñez para competir con los gobernantes que les cupo en suerte, llámense Mitterrand, Oloff Palmer o su participación en negocios tan oscuros como el de la Expo de Sevilla. Una obra que le ha costado mucho trabajo a quien no tiene piedad con los protagonistas de esta larga historia de traiciones y desencantos, inmoralidades y falta de escrúpulos. Los héroes de Una primavera atroz nos devuelven a aquellos no tan lejanos tiempos en donde Baroja, con sus zarpazos, lanzaba sus demoledores ataques o en donde Valle-Inclán, acaso más contenido pero no menor acerado, enseñaba la faz descompuesta y empequeñecida, vil y sangrante, de la realidad castellana ante los espejos del Callejón del Gato. [La Opinión, 9 febrero 2008. Ramón Jiménez Madrid, La Corte de los milagros, en PDF, en JPG].


Comentarios

5 Comentarios

  1. marie, marzo 23, 2008 - 8:39 am
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    Estara ustd tan contento Mr Q.

  2. JP Quiñonero, marzo 24, 2008 - 7:03 pm
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    A decir verdad, Mme. Marie, la cosa me emociona un poco, aunque algunos nombres que da RJM NO corresponden a “mis” personajes. Pero, claro, cuando uno escribe, “sus” personajes pasan a ser “propiedad” de los lectores… “uno, ninguno, cien mill”

    Q.-

  3. Nuestra Corte de los milagros | Una temporada en el infierno, julio 5, 2008 - 7:19 am
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    […] ● Anales de Caína. ● Caína y su Corte de los milagros. […]

  4. Los Gal, González, Vera, memoria histórica, moral, cultura y arte de la novela | Una temporada en el infierno, mayo 18, 2009 - 7:38 pm
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    […] La verdad, la hombría de bien, la honradez, la palabra de los hombres que viven y mueren como hombres, todo eso es harina de otro costal. Incluso la crítica literaria ha preferido taparse los oídos, vendarse los ojos, cerrar el pico, lamer las partes de la industria de la cultura filantrópica. Esa siniestra historia es uno de los temas centrales de Una primavera atroz, Caína y su Corte de los milagros. […]

  5. Una temporada en el infierno, mayo 28, 2011 - 8:08 am
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    […] La catástrofe en curso viene de nuestra Corte de los Milagros, “…de la transición política, la corrupción, los escándalos, ETA, el GAL, La puta de la República… hasta la guerra de Irak y la matanza de Atocha”, Caína y su Corte de los milagros. […]

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