Paris, 22 octobre 2003. Foto Richard Dumas Vu / Libération.
“La emoción del vino es comparable al amor físico…”.
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A última hora de la tarde del miércoles 23 de septiembre se conoció la muerte de Juliette Gréco (93 años), en su residencia última, en Ramatuelle (departamento del Var), en el corazón de la Cosa Azul. Era la última de las grandes leyendas de la época dorada del barrio de Saint-Germain-des-Prés, en la inmediata posguerra, intérprete del gran repertorio canónico de Jacques Pevert, Jacques Brel, Léo Ferré, Boris Vian, Serge Gainsbourg.
Gréco nació el 7 de febrero de 1927 en Montpellier, en el seno de una familia “complicada”, víctima de un divorcio temprano. Padre corso, comisario de policía. La madre se salvaría milagrosamente del campo de concentración de Ravensbruck. La niña Juliette pasó del Mediterráneo de Montpellier al Atlántico de Burdeos, donde vivió con su hermana mayor. Las hermanas Gréco llegarían a ser arrestadas por la Gestapo.
Poco antes de su separación, los padres de Juliette Gréco se había instalado en la parisina rue de Seine, en el corazón de un barrio que se transformaría en una tierra mítica a partir del fin de la Segunda guerra mundial, cuando París se convirtió en “capital” de los músicos de jazz, negros, que huían del racismo en los EE. UU. Antes del reencuentro con su madre, la futura cantante vivió una larga temporada en casa de una amiga de la familia, rue Servandoni, donde no llegó a coincidir con un español profesor de sociología valenciano.
Juliette Gréco comenzó como actriz, en los teatros de Saint-Germain-des-Pres. No era lo suyo. Ella prefería la vida nocturna de los antros musicales del barrio, donde se estaba imponiendo el “bebop” norteamericano y Jacques Prevert, Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, comenzaban a dar a los bares del barrio el aura de areópagos “populares” entre intelectuales y musicales.
Juliette Gréco comenzó a cantar y hacer amigos en los baretos de la época, comenzando por el “Tabou”, rue Mazarine, donde fueron legendarias las “tertulias” de Raymond Queneau y Boris Vian, a caballo entre a escena musical y el campo de batalla poético, inmortalizado en algunos poemas de Jacques Prevert, el más grande de los poetas populares de su tiempo, el cronista lírico de aquel París que las revistas norteamericanas se obstinaron en calificar como “cuna” del existencialismo filosófico, una suerte de “nota a pie de página” del existencialismo alemán, a juicio de George Steiner.
Un cuento de Julio Cortazar, “El Perseguidor”, quizá sea la mejor “introducción” a las leyendas de Saint-Germain, donde se cruzaron muchos de los más grandes músicos de jazz norteamericano de su tiempo, de Duke Ellington y Charlie Parker a Miles Davis, que terminó convirtiéndose en amante de Juliette Greco, cantante y actriz, sin duda, pero con una justificada fama que tiene muchas otras fronteras.
Los historiadores de Saint-Germain-des-Prés suelen citar los bares, restaurantes y hoteles del barrio como “matriz” de un “movimiento filosófico”. Bueno. Y es de obligado rigor recordar a Sartre, Camus, Maurice Merleau-Ponty. Sin duda, esos grandes creadores frecuentaron ocasionalmente el “Deux Magots” y el “Flore”, los dos cafés que siguen siendo cita turística obligada. Y Hemingway contribuyó a dorar la gran leyenda cosmopolita del restaurante “Lipp”, que tuvo muchos otros historiadores. La realidad histórica quizá sea menos libresca y mucho más divertida.
Juliette Gréco fue fotografiada en muchas ocasiones escuchando atentamente a Sartre, en posiciones “filosóficas”. Bueno. En verdad, la cantante quizá fue mucho más feliz cantando a Boris Vian y entregándose a Miles Davis en el Hotel de la Louisiane, rue de Seine. Quizá fueron mucho más importantes sus relaciones amistosas con Prevert (el gran poeta del barrio y de un París mítico) y sus interminables discusiones sobre las calles parisinas con Raymond Queneau, uno de los mejores conocedores de una ciudad entre poética y canallesca. O sus intercambios de intimidades amorosas del género más tórrido con Françoise Sagan. Palabras mayores de chismografía muy “hard”. En ese terreno, las vidas sentimentales de Gréco son sucesivos capítulos muy variopintos. Matrimonio con Philippe Lemaire, historias más o menos pasajeras con Darryl F. Zanuck, Sacha Distel, entre otros. Historias más duraderas con Michel Piccoli y Miles Davis. Etcétera.
La gran personalidad de Juliette Gréco, más allá de sus talentos genuinos de actriz, le pusieron en bandeja papeles y personajes cinematográficos de cierta envergadura, en el “Orfeo” de Jean Cocteau, en “El reino de los cielos” de Julien Duvivier, en alguna película de Jean-Pierre Melville, incluso en una película “menor” de Jean Renoir, Junto a Ingrid Bergman y Jean Marais. Incluso algún papel ocasional en la filmografía de Orson Welles.
Andando el tiempo, tras el inconcluso eclipse histórico de Saint-Germain-des-Prés, la vida y la obra de Juliette Gréco comenzaron a perder el aura de la joven díscola y noctámbula. Sus aventuras amorosas (Miles Davis, Michel Piccoli) terminaron de manera muy melancólica. Su trabajo musical con la pareja Prevert / Kosma, los autores de “Les feuilles mortes”, una de las canciones más célebres del repertorio francés, continuó creciendo. Y las relaciones amistosas de la cantante con Jacques Brel y Serge Gainsbourg le permitieron encontrar la vía de su madurez última, consagrada, finalmente, como gran dama de la canción francesa de su tiempo.
Gréco cuenta en sus memorias como se despidió sin mucha amargura de su madre y del barrio de su vida, para huir, finalmente, hasta la Costa Azul, instalándose en Ramatuelle, a dos pasos de Saint-Tropez. François Mauriac, un entomólogo único y feroz, pensaba que Gréco era la “obra” de Gréco. Ni cantante, ni actriz, ni mujer de mundo: “un animal muy bello”, deambulando y paseando su soledad y amoríos por una ciudad difunta. Ha muerto en paz, lejos de París, instalada ante el Mediterráneo de su niñez solitaria, contemplando el azul de aquella infancia, como don Antonio Machado.
Jose,
«Murió con los bares cerrados en esta nueva guerra mundial..» algo así, efectivamente. Está bien visto. «Genio y figura…»
Palanteeeee…
Q.-